Terracota, blanco y siena; torres como agujas y cúpulas de color cobalto. Es la tercera capital española. Una ciudad sorprendente, una ciudad inesperada que en los primeros años del nuevo milenio se ha puesto de moda visitar. Es Valencia, la de los vídeos y el trencadís, la de la tentación digital. El sinónimo de lo moderno, la equivalencia de lo insólito, lo podemos encontrar aquí. Entre el mar y la huerta, un cielo radiante y un suelo que invita a la serenidad, ahí tenéis toda una ciudad por descubrir. O por explorar de nuevo, después de sus asombrosos cambios. 
Valencia es la ciudad europea donde el turismo urbano ha tenido el mayor crecimiento. Por algo será. Por sus colores y por sus eventos deportivos; por los sabores de la tradición y por el paladar nuevo que despiertan los innovadores cocineros.  Y porque a pocos metros de distancia podemos encontrar el románico más esquemático y el barroco más teatral.  
Juventud y experiencia; culturas nuevas que se integran y tradición festera. Ésta es una ciudad dual donde todo encuentra su contraste y complemento. La antigüedad y la modernidad, la vibración y la calma, el clasicismo y la innovación avanzan juntas en despachos, aulas, auditorios y avenidas. Ciudad de olivos y de cipreses, de mañanas serenas y noches interminables, Valencia lleva dos mil años esperando, con la mayor naturalidad, 
a que el viajero se inicie en la aventura de descubrir sus íntimos rincones. La ciudad, Valencia, dio nombre a la provincia y bautizó el viejo Reino convertido en comunidad autónoma con la democracia del siglo XX. En la orilla oriental de la península, aquí está el puerto más cercano y accesible a la Meseta y a la capital de España, la puerta de entrada de los barcos que hacen la ruta desde Oriente. Con las Baleares al alcance de la mano, la ciudad de Valencia –amiga y competidora de Nápoles y Túnez, de Marsella y Barcelona– ocupa el centro de un profundo golfo y lidera una de las más dinámicas áreas metropolitanas del país.
El Mediterráneo explica la ciudad y organiza su historia; el tiempo y el espacio están ligados al mar. La costa arenosa alterna entre palmeras y pinares: el Mare Nostrum de las novelas de Blasco Ibáñez, el de las escenas de baño de Joaquín Sorolla, está aquí y pasa en estas orillas un invierno rara vez alterado por una climatología generosa. Los tópicos de Valencia no lo son. El blanco es radiante y el verde, profundo.  Sin temor al tópico, naranjas y arroz, en Valencia, son una verdad tan asumida como feracidad y sombra, como salitre y brisa.  En los últimos años, la ciudad ha asumido como lema la veracidad de lo insólito que de ella se cuenta. “Increíble, pero cierta”, se dice al final de un spot donde leones y delfines se cruzan con un bólido de Fórmula 1. Las más asombrosas estampas son la mejor síntesis de la ciudad. Y junto a esas vibraciones, la plazuela y la calma, el arco y las flores de un balcón. Porque Valencia invita a la eterna aventura del descubrimiento a quienes caminan en las ciudades sin necesidad de agitación. 
Ciudad con dos ríos, Valencia tiene un singular parque, de más de diez kilómetros de longitud, por donde antes discurría el Turia. Esta es la única gran capital española que tiene un parque natural en su término municipal, l’Albufera, un hermoso lago de agua dulce situado a escasos metros del mar. Y alrededor de la urbe, en constante expansión, la Huerta, un patrimonio ancestral de fertilidad y cultivos cuidadosos, que 
pugna por sostenerse en un mundo cambiante. La ciudad de Valencia se ha procurado una gran transformación a caballo del cambio de siglo.  Al tiempo que se convertía en una ciudad cosmopolita y moderna, se  dotaba de infraestructuras de comunicaciones, feriales, culturales, científicas y de ocio, y de un gran parque de instalaciones hoteleras.  Todo ello, unido a los eventos de raíz deportiva, como la America’s Cup o la Fórmula 1, le han hecho destacar entre las ciudades españolas y situarse en un nivel europeo envidiable. Barrios de tortuosas calles morunas y bulevares de trazo moderno. Tradición y vanguardia. Pero Valencia, que es todo eso, es mucho más: junto al turismo de los grandes eventos, el patrimonio monumental, los museos y el callejeo sin prisa, miles de visitantes llegan a Valencia cada año para recorrer ferias, asistir a congresos o intervenir en reuniones profesionales. Todos son bienvenidos. Todos van a encontrar una sociedad abierta y acogedora, una ciudad que tras dos mil años de historia ha aprendido las virtudes de la cortesía y el buen gusto del trato familiar. 
Un viejo maestro del periodismo valenciano la llamó ciudad abierta, evocando sin duda su vocación mediterránea y la buena disposición de sus gentes a comerciar y absorber en la costa lo mejor que el mar trajera a la cultura y al trabajo. La geografía, el hecho físico, configuran a la sociedad valenciana. 
La tercera ciudad española, situada en el fondo del Golfo de Valencia, es capital de la Comunitat Valenciana y dista 65 kilómetros de Castellón de la Plana, al norte, y 180 de Alicante, que es capital de la provincia del sur. Valencia está a 350 kilómetros de Madrid y de Barcelona, las dos ciudades españolas que la superan en número de habitantes. 
La ciudad tiene muy escaso relieve. Asentada en una llanura de aluvión que ha ido creando el río Turia con sus avenidas, Valencia disfruta desde hace veinte siglos la vocación de feracidad que le da una huerta generosa en cultivos y de alta productividad. La mayor altura natural del suelo de la ciudad –unos quince metros sobre el nivel del mar– está en la zona de la Catedral, una suave colina donde los fundadores romanos se asentaron. En el parque de Cabecera, hace pocos años, se ha levantado otra singular colina, en este caso artificial, de unos veinte metros de elevación. 
Viajeros de todas las épocas han dejado testimonio de la intensa luminosidad del cielo valenciano.  El clima es benigno en Valencia. El mar atempera el verano y el sol caldea los inviernos. Las temperaturas tienen suaves oscilaciones entre estaciones y pocos días al año se puede hablar en la ciudad de frío verdadero. Algunos años la Comunitat Valenciana sobrepasa los doscientos días de cielos despejados. Las nieblas son escasas y los vientos en general moderados y constantes. La estación más lluviosa es el otoño, donde en ocasiones pueden darse temporales duros, con lluvias torrenciales propias de la cuenca mediterránea. Todo ello configura un ambiente adecuado para el turismo, el viaje y la vida al aire libre casi todo el año. De cada doce meses, en nueve se puede disfrutar de un clima sin rigores excesivos. Esa razón explica el gran número de extranjeros, especialmente europeos, asentados en la franja costera de la Comunitat Valenciana: casi trescientos mil son residentes habituales empadronados, una cifra que crece no sólo en verano, sino durante los meses de clima más suave, entre marzo y octubre. 
Con todo, esa llanura natural del Turia, que se une con el valle del Xúquer y alimenta el lago de l’Albufera, está rodeada de un paisaje muy montañoso. La Sierra Calderona cierra el llano de la Huerta por el norte y otras sierras (Perenchiza, Martés, etcétera) lo hacen por el sur. Los dos ríos, alimentados por lluvias que en otoño pueden ser muy intensas, tienden a producir esporádicas avenidas caudalosas. Valencia tiene una singularidad: es una de las pocas ciudades del mundo que exhibe dos cauces para un mismo río, que el viajero probablemente verá seco. El río Turia, que ha configurado la geografía urbana con temibles avenidas, fue desviado después de la devastadora riada de 1957 y se le construyó un anchuroso cauce nuevo por el sur. El antiguo cauce, que traza un arco que abraza el viejo casco de la ciudad protegido en su día por murallas, fue convertido paulatinamente en un parque a partir de los años ochenta. 
Ese jardín, de unos diez kilómetros de longitud, es ahora el eje verde de la ciudad. De la mañana a la noche hay gente que practica allí su deporte favorito o simplemente disfruta de un parque ameno, separado del tráfico urbano, seguro, iluminado de noche y dotado de continua vigilancia.  Una veintena de pasarelas y puentes, cinco de ellos clásicos de piedra, cruzan ese cauce festoneado de pretiles, contrafuertes, bancos y bolos de adorno. El agua del Turia, antes de llegar a la ciudad, es objeto, desde hace un milenio al menos, de una concienzuda sangría.  Siete acequias, que a su vez dan lugar a otras tantas instituciones reguladoras del reparto del agua, han venido sosteniendo la vida de la huerta y sus cultivos.  El Tribunal de las Aguas, desde hace siglos, regula el uso juicioso de los caudales e imparte justicia oral y ejecutiva.  
Valencia tiene otra singularidad: es la única gran ciudad española que tiene un parque natural protegido en su ámbito municipal. Al sur de la ciudad central, apenas a diez kilómetros del ajetreo urbano, Valencia tiene y protege un lago de casi 3.000 hectáreas que sostiene una gran extensión de arrozales y una zona de interés paisajístico y biológico singular en Europa. Propiedad de la Corona durante siglos, ese paraje fue entregado a la ciudad hace un siglo con la específica misión de que Valencia lo preserve para el futuro. De ese modo, el cuarenta por ciento del término municipal de Valencia resulta ser un parque natural protegido, inundado en invierno e intensamente verde de arrozales en verano. De cada cinco metros cuadrados de la ciudad, uno forma parte de una singular laguna de agua dulce (l’Albufera), separada del mar por una barra de arena poblada de pinos y el campo de golf del Saler. Dotado de manantiales propios de agua dulce (ullals), el lago recibe además aportaciones del Xúquer; y el resultado de depurar a conciencia las aguas residuales de la ciudad entera. El lago, como el parque de Doñana y el Delta del Ebro, es punto de paso obligado de miles de aves en sus migraciones entre Europa y África. 
La ciudad de Valencia tiene algo más de 800.000 habitantes y está rodeada de un conjunto de cuarenta poblaciones de tamaño diverso, con las que configura una conurbación de millón y medio de habitantes aproximadamente. Tras un proceso de intensa inmigración, que fue española en los años 50 y 60 y ha sido internacional en los últimos diez años, la sociedad valenciana es un crisol de procedencias y culturas diversas. En la ciudad de Valencia, los extranjeros empadronados alcanzan el 17 por ciento de la población. Si marroquíes, ecuatorianos y colombianos son los más numerosos entre los extracomunitarios, los italianos, franceses, rumanos y británicos destacan de entre los nacidos en países de la UE. 
Una pieza clave en la geografía y el desarrollo de la ciudad es su puerto, que también configura el paisaje de Valencia. Nacido trabajosamente a partir de una costa arenosa sin condiciones, ese puerto empezó a crecer con la técnica del siglo XIX y es ahora, mientras está en obras una nueva ampliación, uno de los más dinámicos y competitivos del Mediterráneo.  Es la salida lógica, natural y más cercana al Mediterráneo de la capital de España, Madrid, y de todo el centro de la Península. Valencia, en estos momentos, es líder nacional en tráfico comercial y la gran puerta de entrada en Europa de los productos importados de Asia de la que llegan gigantescos buques. Esa actividad, que incluye ser punto de exportación de vehículos hacia el sur de Europa y el norte de África, no impide que el puerto siga siendo el activo nudo de comunicación con las Baleares que siempre fue o que reciba cada año un creciente turismo de buques de crucero. 
La dársena antigua del siglo XIX ha sido separada del tráfico comercial y destinada en exclusiva a recreo y turismo, con marinas que permiten el atraque de hasta 600 yates y veleros. Los veleros y buques de recreo ganan el mar abierto y los campos de regatas en pocos minutos a través de un canal que separó las aguas comerciales de las de ocio y deporte. La provincia de Valencia, así como el sur de Castellón y el norte de Alicante, utilizan los servicios de un eficaz aeropuerto internacional transoceánico, situado apenas a 8’5 kilómetros de la ciudad y con un tráfico de casi cinco millones de viajeros anuales. Por otra parte, el área metropolitana de Valencia está rodeada de dos cinturones de circunvalación, enlazada con el sur y el norte mediante autopistas de peaje y hacia el oeste mediante varias autovías, entre las que destacan las de Madrid, por Cuenca o por Albacete, y la de Aragón.  
Las líneas ferroviarias de alta velocidad enlazan Valencia con Madrid, así como la del eje del Mediterráneo.  Valencia y las principales poblaciones de su área de influencia  disponen de una eficaz y moderna red de ferrocarril metropolitano de 150 kilómetros y 132 estaciones, que usan cada año más de 72 millones de viajeros. Esa red, que es subterránea en la ciudad de Valencia, conecta pueblos y barrios con los centros comerciales, financieros, de enseñanza y culturales, enlaza con los ferrocarriles de largo recorrido y se combina con las redes de autobuses y de tranvía ligero. En el año 2007, la inclusión del aeropuerto en esa malla de comunicaciones fue una de las novedades mejor recibidas por los usuarios locales y visitantes. Valencia, fue la primera ciudad de España en estar servida por una completa canalización de fibra óptica. Está dotada de una red hospitalaria pública de primer nivel. El nuevo Hospital La Fe, una instalación de referencia europea, está disponible desde el año 2011, en la propia ciudad.  Valencia dispone de cinco universidades, dos públicas y tres privadas, técnicas y humanísticas, y de una red de colegios internacionales en lenguas inglesa, francesa y alemana.  Más allá del puerto y el aeropuerto, Valencia dispone de una importante Feria que tiene un calendario anual intenso y un Centro de Eventos dispuesto para toda clase de actividades. Gracias a un moderno Palacio de Congresos y del atractivo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia ha pasado a ser una ciudad receptora de turismo de negocios, cultura y recreo. Docenas de nuevos establecimientos la han situado entre las ciudades mejor dotadas de plazas hoteleras.  
Ésta es una ciudad con una larga historia que contar; con un pasado, con unas razones de ser económicas, sociales y culturales. Valencia es una ciudad con una trayectoria  que merece ser conocida. 
En una colina que se elevaba sobre la llanura por la que el río serpenteaba entre carrizos, hace dos mil años fue fundada la ciudad. Era el año 138 antes de Cristo. Protegidos de las inundaciones, los primeros habitantes de la urbe romana construyeron un muro defensivo, levantaron un templo, crearon mercado y foro. La Vía Augusta ascendía hacia Sagunto y Tarragona. Desde el promontorio se veía la línea de costa, entonces sensiblemente más cercana: las naves comerciales, de fondo plano, podían remontar las aguas hasta los mismos pies de la ciudad. En el suelo, en el centro de la plaza de la Virgen, delante de la Catedral, una lápida en latín recuerda la fundación de la vieja ciudad de Valentia. Con más de 2.000 años en el contador de la historia, Valencia sostiene una fama construida sobre la apertura al comercio, las artes y la técnica;  y por el talante hospitalario, trabajador y festivo de sus gentes. Durante siglos, Valencia ha sido dinámica en el trabajo, avispada en el comercio y ruidosa en la fiesta y la diversión.  Como se puede ver en l’Almoina, el singular recinto arqueológico cercano a la Catedral, Valencia es una superposición de estilos, culturas y vidas –calles, muros, pozos, columnas, empedrados, acequias– que han dejado huella sobre huella: romana, visigoda y musulmana, primero, la ciudad exhibe multitud de ejemplos singulares de todos los estilos y artes. Después de la conquista cristiana: románico, gótico, renacentista, barroco y neoclásico. De todas esas etapas vamos a encontrar en Valencia ejemplos de notable calidad artística que terminan por ensamblar de forma armoniosa. 
El viajero encontrará vestigios interesantes, puertas, lienzos y torres, del primer recinto defensivo, que fue integrado dentro de otro, cristiano, muy superior. En el siglo XIX, el derribo de esas murallas dejó en pie sólo dos grandes baluartes, las torres de los Serranos y las de Quart; pero hizo posible la notable expansión modernista en el Ensanche. Durante el siglo XX, la ciudad de Valencia ha triplicado su población y ha crecido sobre la llanura huertana que la rodea, a ambos lados del río Turia. El pasado musulmán no fue pequeño: tras los romanos y los visigodos, cinco siglos de cultura dejaron trazas que van desde la arquitectura al sentido ruidoso de la fiesta; si hay docenas de callejuelas que parecen venir del Magreb, el gusto por la repostería de almendra, azúcar y aceite, todavía evocará más ese pasado.  El Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, pasó de Castilla hasta el mar y tomó Valencia al filo del año 1100. Pero fue un tiempo de efímera cristianización, apenas ocho años, que escasamente dejó un recuerdo fugaz. La ciudad de Valencia se considera refundada en 1238 por el rey Jaime I, llamado el Conquistador, que acabó con el largo dominio musulmán, trajo repobladores cristianos y dio leyes específicas a un nuevo Reino, el de Valencia, que quedó unido a la confederación de la Corona de Aragón. Valencia había sido una importante taifa. Y muchos musulmanes se quedaron en el territorio. 
Aunque en general predomina el ejemplo de la convivencia entre cristianos, judíos y musulmanes, no faltaron momentos de sublevaciones y tensiones a lo largo de la Edad Media. El XV es el Siglo de Oro, la centuria valenciana por excelencia. Comerciaba con Nápoles y Venecia; Sicilia era un territorio conocido y en el norte de África se respetaba a los comerciantes de la ciudad, regidos por las normas del Llibre de Consolat de Mar. Sin ser opulenta, esta fue una ciudad rica; sin ser explotadora, Valencia no encontró rival en las décadas finales del Cuatrocientos. Sus mejores galas góticas son fruto de esa sociedad y de los artistas europeos que aquí trabajaban junto a las glorias locales.  La Lonja de la Seda, que hoy es bien cultural Patrimonio de la Humanidad, nació como un templo cívico dedicado al comercio y se hizo adornar con lemas sobre la bondad del negocio que cumple la palabra y no ejerce la usura. Los tiempos forales se articularon sobre instituciones juiciosas donde el empuje de los grandes gremios urbanos contrapesaba el poder de la Iglesia y la nobleza. El rey fundador, al proteger a las ciudades libres y darles fuero real, buscaba ese equilibrio que le libraría del peso excesivo de las demandas de la aristocracia. Además del “Consolat de Mar”, en la Lonja funcionó la “Taula de Canvis”, el primer banco municipal. “El Llibre dels Furs” fue el códice regulador, el cimiento jurídico del nuevo Reino, mientras la ciudad, que se hizo poderosa gracias al comercio, levantó palacios y organizó una “Junta de Murs i Valls” que se ocupó de las obras públicas: muros, valladares y sobre todo puentes y defensas contras las avenidas del río. Durante la guerra con Castilla, Pedro el Ceremonioso ordenó levantar fuertes muros y nacieron las puertas de Serranos y Quart, que además de defensas fueron arcos triunfales para ensalzar el orgullo de una ciudad próspera. La Valencia del XV es la de los Borja, los Borgia de Roma, que antes de llegar al Papado habían sido obispos y cardenales de una sede rica en la que se levantó una gran Catedral. 
La Conquista y las esporádicas batallas se evocan cada año en numerosos pueblos de la región: las ciudades son tomadas por  moros i cristians vestidos con adornos y pertrechos de guerra. En Valencia, y en toda la Comunitat Valenciana, el 9 de octubre es la fiesta regional: evoca la toma de la ciudad por el Conquistador y se solemniza con el desfile de la Senyera por las calles, hasta los pies de la estatua que recuerda al monarca. 
En la ciudad florecieron los literatos y los médicos de fama: Ausiàs March, Jaume Roig, Joanot Martorell e Isabel de Villena. Los dos siguientes siglos fueron menos favorables para Valencia. Tras los episodios de las Germanías, el Reino de Valencia quedó apartado de los nuevos designios americanos del imperio español y la ciudad no fue ya la misma. Su economía agrícola, su industria textil, siguieron propiciando riqueza y comercio; pero a partir de la expulsión de los moriscos, en 1609, la ausencia de una mano de obra barata dejó la economía lastimada. Florecieron las artes, se construyeron hermosos templos y palacios y se recubrió el gótico en las iglesias. Guillén de Castro intima con Lope de Vega, que pasa largas temporadas en Valencia, la ciudad que competía con Madrid en número de teatros y corralas. Pero el siglo XVII no fue para el Reino de  Valencia de gran esplendor en la economía, aunque lo fuera en la pintura y en las letras.  La decadencia política se redondeó poco después, en 1707, cuando la posición del Reino en la Guerra de Sucesión y la derrota en la batalla de Almansa  supusieron la pérdida de los viejos Fueros y el cierre de una página de la historia que tuvo gran brillo en los inicios. Con todo, la tierra, siempre la tierra y su feracidad, sustentarán una nueva época de trabajo y riqueza. Las moreras y el cultivo del gusano de seda fueron los protagonistas del siglo XVIII: todo un barrio (el de Velluters o del Terciopelo) pudo sostener una economía brillante. El traqueteo de miles de telares manuales fue el sustento de miles de familias. Es el siglo de los ilustrados, el tiempo de José Cavanilles, el geógrafo al servicio del rey, del botánico Rojas Clemente, y de Gregorio Mayans, el erudito de Oliva. Valencia se defendió de dos asedios del francés, derribó su palacio Real y sufrió una ocupación napoleónica que le dejó algunas mejoras razonables. Tras las convulsiones de la Guerra de la Independencia, de la búsqueda de los caminos de la libertad entre la tradición y el progreso, desfilaron por la ciudad todas las tensiones y anhelos del siglo XIX. Es tiempo de partidas carlistas. Pero también de ferrocarriles y telégrafos; y de una sublevación cantonal, la de 1873, que terminó con el bombardeo de la ciudad.  La Restauración fue un tiempo de modernización más allá de las tensiones entre laicismo y tradición, que aquí eran particularmente más intensas a causa del predominio republicano entre las clases populares. La Exposición Regional de 1909, recordada con justicia en su centenario, fue un momento en el que cristalizaron los anhelos de modernización y cambio de la ciudad del siglo XX y el deseo de configurar una región que tuviera proyectos económicos, sociales y políticos comunes. 
La dictadura de Primo de Rivera y la II República fueron momentos de esplendor y cambio en la ciudad. Se modernizó el centro y se alcanzaron algunas buenas infraestructuras. Durante la guerra civil, Valencia fue capital de la República Española, sede del Gobierno y de las Cortes, y recibió a miles de familias desplazadas desde Madrid y Castilla. Una dura posguerra y la dictadura dieron paso a la recuperación de la democracia y a la implantación del Estatuto de Autonomía. Una floreciente industria naranjera había permitido sentar las bases de la industrialización. En los últimos 30 años, todas las administraciones han procurado mejorar con esfuerzo la ciudad, que se ha modernizado espectacularmente de forma  especial en los últimos años del siglo XX y en esta primera década del XXI. 
Valencia, que salió un día a los caminos del futuro, lo encontró y lo hizo suyo a través de una arquitectura de vanguardia. El resultado es un catálogo de edificios que deslumbra a los visitantes: en el Puerto y en la Feria, en el Palacio de Congresos y, sobre todo, en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Por eso Valencia no se olvida fácilmente. En los últimos años del siglo XX, la ciudad emprendió un pronunciado cambio de imagen y de vocación: convencida de la necesidad de transformarse, de atraer un turismo ansioso de novedades, comenzó a ser protagonista de una mutación que ha terminado por convertirla en referencia internacional de la más moderna arquitectura. Al final de la primera década del siglo XXI, cuando la Ciudad de las Artes y las Ciencias se está concluyendo, Valencia ya figura en el mapa de las vanguardias de Europa y del mundo como una urbe de cambio espectacular. 
Fantasía y anticipación. En una ciudad que se permite un anuncio turístico que asimila esa arquitectura insólita a la de una ciudad de ciencia-ficción venida de otros mundos. Esta es la nueva Valencia. La que ha levantado junto al viejo cauce del Turia una atrevida fantasía de las formas ante la que cada año hay cientos de miles de visitantes que se extasían cámara en ristre. Es el futuro.  La Valencia de la anticipación, la de los amplios bulevares y la arquitectura de vanguardia, nació a partir de los años ochenta. Es amena y espaciosa, cómoda de transitar. Y no ha roto con el encanto de una ciudad abarcable, que en buena medida se puede conocer paseando o sin necesidad de grandes y complejos desplazamientos. Es una ciudad concebida también para ser conocida a bordo de una bicicleta. Esa ciudad fascinante y nueva le debe un gran tributo a un ingeniero y arquitecto valenciano, Santiago Calatrava. Pero Valencia, además, alberga obras muy notables de Félix Candela y Norman Foster, proyectos y diseños de David Chipperfield, José María Tomás, Jean Nouvel y cuantos antes o después han puesto ojos y tablero de dibujo al servicio del proyecto de dotar sus nuevos espacios urbanos de magia e innovación.  
La apuesta de Valencia por el futuro cobra su verdadero sentido en su búsqueda de un urbanismo que uniera la ciudad con la fachada del mar. Cuando en los años ochenta se empezó a planear la transformación del viejo cauce del Turia en un parque, se asumió la vieja idea de avanzar hacia el Mediterráneo siguiendo el curso del río. La primera necesidad que se presentó fue la de transformar las dos riberas del Turia (festoneadas entonces de insalubres instalaciones industriales) para convertirlas en un nuevo espacio para la ciudad. Se trazaron nuevas avenidas. La de Francia usó el surco que había dejado antiguamente el ferrocarril a Barcelona. En una y otra orilla se planearon no menos de 6.000 viviendas, una nueva y moderna ciudad, en la que muy pronto comenzaron los arquitectos a competir en el campo de la creatividad. El gran eje verde del Turia iría avanzando hacia el mar al compás de la nueva ciudad. 
Allí, sobre una gran parcela triangular de unas 35 hectáreas, un suelo llano a caballo entre el Turia y la huerta, terminaría por nacer la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el más espectacular conjunto de edificios de arquitectura de vanguardia que se puede conocer en España, seis obras capitales de Santiago Calatrava, un arquitecto de fama internacional nacido en Valencia en 1951. La originalidad se pone al servicio de la eficiencia en este recinto; aunque en ocasiones, los edificios, que parecen esculturas, cascos de seres galácticos, estructuras óseas de grandiosos dinosaurios, parecen haber sido encontrados tras un naufragio y dotados de contenido. A ambas orillas del viejo Turia vamos a descubrir grandes centros comerciales y hoteles de nueva traza. La Ciudad de la Justicia, en la orilla derecha, compite con la torre de Iberdrola Renovables en la izquierda. Docenas de torres de apartamentos dan testimonio del crecimiento urbano e inmobiliario de finales del siglo XX. Mientras el viejo Turia ha cedido paso a un jardín moderno donde se guarda recuerdo al curso de agua del río, la Ciudad de las Ciencias se levanta, imponente, en el centro de la gran vaguada. Grandes edificios y construcciones de Santiago Calatrava componen la Ciudad de las Artes y las Ciencias: el Palau de les Arts Reina Sofía, el viaducto de Monteolivete,  l’Hemisfèric, l’Umbracle, el Museo de les Ciències Príncipe Felipe, el puente de l’Assut de l’Or y el Ágora. Aunque en él no hay arquitectura de Calatrava, sino de otros arquitectos también singulares, como Félix Candela, el parque Oceanográfico completa este singular conjunto de instalaciones nacido con vocación científica, artística, cultural, recreativa y didáctica, entre los años 1995 y 2010. 
El Palau de les Arts Reina Sofía, que encontraremos, con su evidencia de casco gigantesco, al llegar desde el centro de la ciudad, ha sido la quinta de las siete grandes obras de Calatrava en entrar en servicio y la que más tiempo ha empleado en su construcción – ocho años— dada su magnitud y complejidad. El edificio cumple una doble misión: es un centro cultural y de espectáculos pero al mismo tiempo fue concebido para ser un edificio espectacular en sí mismo. Sus dimensiones, su apariencia, la audacia de sus líneas y lo avanzado de su diseño tienen, al mismo tiempo, la vocación de ser un nuevo referente de Valencia en el mundo. Estamos, pues, ante un palacio de ópera integrado por una sala principal, con 1.800 localidades, y otras tres de audiciones y ensayos. El conjunto es un centro cultural de nivel internacional, donde residen la Orquesta de la Comunitat Valenciana y el Coro de la Generalitat. Es, pues, una institución preparada para ofrecer espectáculos de las artes escénicas –ópera, zarzuela, danza, ballet, musical y música popular contemporánea— así como para su ensayo y preparación. Un director de prestigio internacional, Lorin Maazel, fue el director artístico de este coloso musical. Zubin Mehta ha formado parte de la programación, junto con otros grandes de la operística internacional, como Plácido Domingo. El Palau de les Arts es capaz de ofrecer hasta cuatro inicativas musicales simultáneas gracias a sus vanguardistas instalaciones y variedad de espacios.  
El viejo cauce del Turia, que en esta zona dejaba de tener muros de defensa, se salvó mediante el puente de Monteolivete, de estructura convencional antes del desarrollo espectacular de la zona. Pero Santiago Calatrava lo prolongó mediante un viaducto de diseño especial, integrado con el conjunto de galerías y pérgolas que configuran el Palacio de la Ópera.  De ese modo, el creador de la Ciudad de las Artes y las Ciencias preparó un tramo de puente que, al elevarse, sitúa a los viandantes y conductores a la altura del puntiagudo morro del Palau de les Arts, edificio del que se tiene allí una visión espectacular. Una columna que emerge desde el cauce del Turia recuerda el lugar donde, en 2006, se instaló el escenario para los actos que el Papa Benedicto XVI celebró en la clausura del VI Encuentro Mundial de las Familias. Más de medio millón de personas se situaron en las inmediaciones de la Ciudad de las Artes y las Ciencias para seguir las actividades programadas. 
Un ojo emerge de las aguas de un estanque. Eso es l’Hemisfèric, la primera obra del conjunto que Calatrava diseñó a mediados de los años noventa. Un ojo que abre y cierra sus párpados articulados gracias a potentes émbolos hidráulicos. La pupila es la cúpula de un cine  IMAX que surge de las profundidades. En las láminas de agua, que son el techo de las oficinas e instalaciones de la planta inferior, los cipreses emergen a través de óculos.  En la noche del 16 de abril de 1998, Valencia dio su primera señal de perseguir un ambicioso empeño cuando inauguró este edificio en medio de una fiesta excepcional. Los acróbatas danzaron sobre la esfera en medio de estallidos de pólvora y proyecciones de luz y color. Calatrava, que ya había construido una estación de la red metropolitana de ferrocarriles en el propio cauce del Turia, cubrió de “trencadis”, pequeños fragmentos de mosaico blanco, el domo de su cine. Y acuñó ese elemento, presente en los edificios modernistas del mercado de Colón y la estación del Norte, como un referente decorativo que dio sustento a lo que desde entonces se llamó la Nueva Valencia. L’Hemisfèric ocupa una parcela de 26.000 metros cuadrados. El edificio principal es el reservado para el Planetario y cine IMAX; el cine tiene una pantalla cóncava de 900 metros cuadrados y un sistema de proyección espectacular. Al cumplir cinco años de funcionamiento, la instalación había ofrecido más de 13.000 horas de proyecciones de laserium, planetario y hasta 22 diferentes cintas en gran formato IMAX. Al cumplir diez años, en 2008, el número de espectadores había superado con creces los cinco millones de personas, de los que al menos un millón eran escolares. Varias películas y docenas de anuncios publicitarios han usado el edificio como escenario: en sus instalaciones se celebran cada año docenas de eventos, desde bodas a entregas de premios deportivos. 
Sobre una parcela de 40.000 metros cuadrados, rodeada de estanques, surge la grandiosa arquitectura del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, la segunda gran pieza del conjunto levantado por Santiago Calatrava que vino a dejar empequeñecido el ojo mecánico de l’Hemisfèric. Se le ha llamado catedral laica. Se ha dicho de él que parece el esqueleto de una gran ballena de otros tiempos. En todo caso estamos ante un edificio singular que ha contribuido a cambiar la imagen de Valencia. Nacido para las ciencias recreativas, para la didáctica experimental del “prohibido no tocar”, el Museo es un recinto de dimensiones grandiosas que se construyó entre 1996 y 2000, mientras crecía en ambas orillas del viejo Turia una multitud de edificios residenciales.  El 13 de noviembre del último año del siglo XX fue inaugurado. El complejo, que tiene cinco distintos niveles, dispone de 42.000 metros cuadrados de exposición. Su director, el prestigioso periodista y divulgador científico Manuel Toharia, ha venido programando una serie de interesantes juegos y muestras en torno a la electricidad, la mecánica, la física, los minerales, el cuerpo humano, la genética y todas las Ciencias Naturales y la biología. Grandes exposiciones sobre astronáutica han pasado también por el recinto, que llama continuamente al aprendizaje, la experimentación y el entretenimiento. El péndulo de Foucault reúne a todas horas visitantes y una gran estructura explica el ADN. De lo alto del techo cuelga un caza “Mirage” donado por el Ejército del Aire en recuerdo de la Base Aérea de Manises y una reproducción del primer avión que voló en Valencia, en 1909. La primera planta está dedicada a la electricidad, el exploratorium, las ballenas y las ciencias del deporte; también tienen espacio la música y la física, la meteorología y los satélites. En la segunda planta, que se abre a una gran tribuna sobre los estanques, la exposición principal se dedica al legado de la ciencia, en recuerdo de Ramón y Cajal, Severo Ochoa y Jean Dausset. Finalmente, en el tercer nivel, se exponen los Tesoros de la Tierra, un ámbito dedicado a los minerales y las gemas del mundo. 
L´Umbracle (El Umbráculo) es un mirador sobre la Ciudad de las Artes y las Ciencias y sus estanques; una zona verde de libre acceso, de 7.000 metros cuadrados, 320 metros de longitud y 60 metros de anchura, que nació al mismo tiempo que el Museo de las Ciencias. Sus dos plantas inferiores albergan un gran estacionamiento de vehículos. Está construido sobre una sucesión de 55 arcos fijos y otros 54 arcos flotantes de 18 metros de altura. Sobre ellos crecen plantas enredaderas, lo que configura una gran pérgola sombreada.  Hasta cincuenta especies vegetales tienen cabida en ese jardín, que alterna macizos y esculturas. El cuidado de estos jardines y su armoniosa organización configuran uno de los mejores espacios verdes de la ciudad. El jardín está poblado por dos centenares de palmeras de diverso porte, naranjos amargos, arbustos mediterráneos, cientos de trepadoras como madreselvas y buganvillas colgantes y miles de especies tapizantes. Entre los escultores figuran los mejores autores valencianos y no pocos internacionales:  Miquel Navarro, Manuel Valdés, Eva Lootz, Carmen Calvo, Joan Cardells, Ramón de Soto, Yoko Ono, Nacho Criado, Francesc Abad y Ángeles Marco. 
“El concepto de Palacio de Congresos tiene su origen en una paradoja típica de finales del siglo XX. Por un lado somos testigos de la capacidad del ser humano para intercambiar información electrónicamente, hasta el punto de poner en tela de juicio los modelos tradicionales de trabajo. Sin embargo, por otro lado, también podemos constatar un incremento de los actos internacionales que congregan a numerosas personas con el de compartir intereses particulares o profesionales. Socialmente, la necesidad de encuentro y del contacto cara a cara parece sentirse más fuerte que nunca”. (Norman Foster) 
Para cerrar la ronda de circunvalación de Valencia se hizo necesario un gran puente sobre el viejo cauce del Turia, que se confió también al diseño de Santiago Calatrava. Tras dos años de obras, en la Navidad de 2008 entró en servicio el gran puente atirantado, que lleva el nombre de l’Assut de l’Or, una represa para el riego que en su día hubo en las inmediaciones, en el viejo cauce del Turia. Espectacular, grandioso como toda obra nacida del taller de Calatrava, el arco de ballesta del puente, con sus tirantes, forma parte ya de la nueva estampa mundial de la ciudad de Valencia. Su cúspide, a la que sólo los técnicos de mantenimiento pueden acceder,  con 110 metros en su terraza es uno de los “techos” de la ciudad.  
El Ágora es la última de las grandiosas piezas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Se trata de una estructura metálica en forma de casco alado, que alberga un foro o espacio multifuncional capaz de todo tipo de celebraciones. El Open 500 de Tenis, un acontecimiento deportivo internacional que utilizó instalaciones de la Ciudad de las Artes y las Ciencias y que estrenó el Ágora. Conciertos, mítines, reuniones profesionales y convenciones se dan cita en ese nuevo espacio de la ciudad, versátil y dotado de  capacidad para las más variadas prestaciones. 
La Ciudad de las Artes y las Ciencias tiene en L’Oceanogràfic su complemento dedicado a la Naturaleza. Inaugurado a finales del año 2002, ha visto desfilar a millones de visitantes, que han disfrutado de un viaje por los principales mares y océanos del planeta a través de una colección biológica única en Europa. El parque se ubica en una gran parcela, de 110.000 metros cuadrados, entre el Camino de las Moreras y el viejo cauce del Turia, ya a corta distancia del mar, del que toma las aguas que, debidamente tratadas, dan vida, en grandiosos estanques, a no menos de 45.000 ejemplares de 500 especies marinas de todos los mares del mundo. Las descomunales peceras, dotadas de cristales especiales, contienen más de 40 millones de litros de agua. Belugas y morsas, leones marinos, pingüinos, tiburones toro y grises, peces sierra, delfines y focas, entre otras muchas especies, conviven en instalaciones únicas que recrean su hábitat natural. La visita se realiza en dos planos: en el superficial el espectador puede contemplar una gigantesca pajarera esférica y la vida de los animales marinos que usan los estanques pero salen a la superficie. En el plano inferior, hay peceras circulares de extraordinarias dimensiones, una de las cuales alberga el principal restaurante del Parque y uno de los mayores túneles submarinos del mundo, de visión integral, que permite a los espectadores convivir y ver evolucionar a escasa distancia de los tiburones. El parque se completa con el delfinario, de más de 10 metros de profundidad, y un tanque de 23 millones de litros, que se abre a un teatro con un aforo de 2.200 espectadores sentados. Bajo la superficie, los Océanos, el Mediterráneo, el Trópico, la Isla de los Leones Marinos y la zona Ártica son los ámbitos de la visita. Restaurantes de todo tipo y zonas de descanso permiten pasar un día de visita singular. 
En las inmediaciones de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia ha dispuesto uno de los mayores polígonos de crecimiento de la ciudad, donde podemos encontrar docenas de ejemplos de arquitectura audaz y de llamativas esculturas, como la llamada “El Parotet”, de Miquel Navarro. Esas nuevas barriadas tienden a llevar la ciudad hacia el mar, donde a su vez se está produciendo en los últimos años una transformación radical.  Allí está, también, la nueva Valencia. En la playa del Cabañal y la Malvarrosa, donde el paseo marítimo inició el impulso del cambio, y en los balnearios clásicos que se han transformado en modernos hoteles de alta calidad.  
Entre la más llamativa e innovadora arquitectura de Valencia hay que incluir en la vieja dársena del puerto, la Marina Real Juan Carlos I, sede de la America’s Cup. Tres distintas marinas pueden albergar más de 600 veleros y yates de todo porte. Allí se levantó otro de los edificios emblemáticos de la ciudad, el bautizado como “Veles e Vents” que David Chipperfield diseñó para ser el lugar de recepción de invitados durante la America’s Cup del año 2007. Se trata de una construcción de líneas elegantes y armoniosas, donde predomina el cristal y el color blanco, que evoca construcciones clásicas marineras. Este edificio evoca otros horizontes de una Valencia que quiere rediseñar toda su fachada marítima con el concurso de grandes arquitectos internacionales. 
El cierre del bulevar periférico de Valencia ha permitido el nacimiento de nuevos barrios tanto en el norte como en el sur. En el límite con el nuevo cauce del Turia está el nuevo hospital La Fe que lidera el cambio de todo un nuevo barrio. En el norte, lindando con la huerta, hay barriadas nuevas que  proporcionan parques singulares, como los de Orriols y Marxalenes, en un entorno arquitectónico ameno. Con todo, la ciudad ha crecido de forma espectacular también hacia el oeste, usando el eje de la avenida de las Cortes Valencianas. Es el acceso urbano que lleva a la Feria y al Velódromo, una zona de gran expansión urbana. Al hilo de esa avenida ha surgido también, entre 1995 y 2005 una prodigiosa ciudad nueva en la que hay que destacar torres de porte espectacular. El otro techo de la ciudad, un hotel de alta calidad, campea con sus 110 metros sobre un barrio, dotado de magníficos parques, donde todo respira modernidad. El Palacio de Congresos, obra del arquitecto Norman Foster, es de una calidad arquitectónica excepcional pues, dentro de su sencillez y su belleza de líneas, da prueba a diario de una funcionalidad que todos alaban. Hoteles y centros de negocios jalonan este nuevo barrio, bien comunicado con la red de metro, y decorado con una escultura excepcional, la Dama Ibérica, compuesta de piezas de cerámica y diseñada por el escultor valenciano Manolo Valdés. Allí se está construyendo el nuevo estadio deportivo del Valencia Club de Fútbol, un recinto espectacular por su diseño anular y el confort que tendrán sus instalaciones. 
En una ciudad que se descubre, hay quien busca en primer lugar la Catedral; pero otros se inclinan antes por la vida real de sus tiendas y plazuelas. ¿Qué dibuja mejor esta Valencia: los palacios de los burgueses que levantaron la ciudad medieval o las capillas de la devoción popular? El mejor secreto de Valencia, al decir de los viajeros, es que tiene de todo, y de todas las épocas, en proporciones armoniosas y nunca apabullantes. Porque junto a la Lonja, que es Patrimonio de la Humanidad, está el Mercado Central, uno de los más grandes de Europa.  Desde el foro romano hasta nuestros días hay una Valencia monumental, artística y cultural, que muestra al viajero docenas de interesantes ejemplos de todos los estilos y momentos de la historia europea. Pero los viajeros, tras su experiencia, siempre señalan que Valencia es una ciudad abarcable y cómoda. Y no sólo por el tamaño, sino porque el patrimonio que ofrece a los visitantes es tan variado como atrayente, tan curioso como fácil de asimilar. De todo un poco, pero con calidad; arte de todos los siglos, pero con armonía y complementariedad. Hasta que el viajero queda atrapado en el encanto de una ciudad que se apodera serenamente del visitante. 
Lo que muy probablemente atrapará al viajero en primer lugar será la luminosidad de Valencia. Mucho se ha escrito sobre ese cielo, intensamente azul la mayor parte del año, que inspiró a los mejores pintores de la tierra. Esa luz es la que va a dar sentido a las plazas recónditas y a los balcones verdes y a los colores terracota, añil y blanco. Luz de artistas, se ha dicho. A fin de cuentas, esa luminosidad enmarcará otra característica de Valencia: el dinamismo, la vivacidad, la alegría acogedora de sus gentes, típicamente mediterránea. En esta ciudad, al mismo tiempo cosmopolita y manejable, vive una sociedad abierta. Hay una Valencia para el modernismo de principios del siglo XX y otra para el románico más austero. Del mismo modo que hay otras más para saborear el gótico y el barroco. Valencia, que tanto atrae por su fascinante arquitectura nueva, no se entiende bien sin esa ciudad clásica. Porque ambas son complementarias y se explican mutuamente. Esta es una ciudad que ha crecido por superposición y el urbanismo, como en los árboles, toma la forma de anillos concéntricos; pero es muy común que sus edificios, palacios y monumentos sean el resultado de una suma de formas y estilos acumulados en el tiempo. Lo interesante, sin embargo, es que todo acaba formando un conjunto armónico que resulta atractivo al visitante. 
El río Turia define la ciudad de Valencia, que a su vez ha ocupado siglos y recursos en domesticar ese río y fabricar muros y pretiles, de gruesos sillares, que fueran capaces de conjurar las terribles inundaciones. El viejo cauce del Turia, con sus puentes históricos, ciñe la ciudad por el norte, camino del mar. Y dibuja buena parte del casco histórico de Valencia, que es el que estuvo cerrado por la muralla cristiana hasta el derribo de 1865. Este casco antiguo es, junto con los de Granada y Toledo, uno de las más extensos de España; pero hay aceptación general en que se debe recorrer a pie para poder tener las mejores sensaciones de una experiencia cómoda cargada al mismo tiempo de sorpresas. Hasta tres murallas dice la historia que ha tenido esta ciudad. La romana imperial fue seguida del recinto musulmán, todavía visible en distintos lugares del casco antiguo de Valencia. El tercer muro, de tiempo cristiano, es del siglo XIV, y de la veintena de puertas, torreones y portillos que en su momento tuvo nos quedan dos poderosos baluartes las torres de Serranos y las de Quart, que en su día tuvieron un carácter tanto defensivo como ornamental. Aunque en ese casco histórico se han abierto vías modernas y el urbanismo nuevo lo ha esponjado notablemente, todavía vamos a encontrar en él callejuelas, recodos y plazas que hablan del tiempo musulmán. 
Muchos templos clásicos que encontraremos en el casco antiguo de Valencia, empezando por la propia Catedral, fueron anteriormente mezquitas. La ciudad musulmana, que alguna vez compitió en población con Granada, ejercía su influencia desde los confines del Ebro hasta más allá del Xúquer.   Pero la nueva sociedad que lidera el nuevo Reino a partir de Jaime I aprende muy pronto que en los caminos del comercio mediterráneo es donde tiene su mejor vocación. El mar será la vía de entrada del arte, de las finanzas, del trigo de Italia. En la calle de Roteros hay un horno de pan que está asentado sobre un lienzo de la muralla musulmana. Lentamente, la ciudad va aplicando el plan municipal destinado a rescatar los vestigios de un muro sobrio que dejó torreones en el barrio del Carmen. La original idea de tener una sala de estar en un cubo de la muralla del siglo XI es realidad en esta parte de la ciudad, donde todavía podemos encontrar el Portal de la Valldigna, por el que se accedía al interior del recinto defendido desde los barrios exteriores, también muy poblados en los tiempos califales. 
En la Catedral, el viajero va a encontrar tres puertas, tres estilos y tres siglos diferentes.  La puerta de la Almoina, que da al palacio del Arzobispo, es la primera que se levantó y tiene trazas románicas. Sobre el semicírculo de grecas caladas, el viajero encontrará los rostros sonrientes de siete hombres y siete mujeres: son los primeros donantes que la fábrica de la catedral tuvo, las familias fundadoras que aparecen con sus nombres de pila y contemplan el paso del tiempo. Madera vieja claveteada, aldabas potentes. Forja medieval hablan de los primeros tiempos de conquista, esforzados y austeros, cuando el Reino se estaba consolidando sobre el pasado musulmán. No muy lejos, en el templo de San Juan del Hospital, en la calle Trinquete de Caballeros, una pequeña sucesión de almenas invita a descubrir en el interior arcos y pinturas de tiempos de templarios y sanjuanistas, los caballeros que acompañaban al rey Jaime, el fundador, para extender el Reino y la religión cristiana. En ese templo está enterrada Constanza Hohenstaufen, emperatriz de Occidente, que vivió en Valencia sus años finales, apartada del boato de la corte napolitana. 
En el casco antiguo de Valencia encontraremos nombres de calles nada fáciles de comprender. Sugieren antiguos oficios perdidos, actividades de una ciudad gremial regulada por las estirpes de maestros de taller y aprendices. En otros casos, las calles llevarán nombres de estirpes familiares influyentes o de sedes de viejas cofradías milagreras en las que la devoción popular volcaba su respeto al santo patrón. En esa Valencia clásica se ha escrito que hay plazas tan pequeñas como una sala de estar y calles que permiten tocar las dos fachadas con las manos. En la Ciutat Vella, el sabor de los retablos de cerámica y el orden en las fachadas renacentistas no se ha perdido. El nombre de Trinquete de Caballeros alude, desde luego, al juego medieval de la pelota. En sus Diálogos, Luis Vives habló de esta calle que él transitaba con frecuencia en sus correrías estudiantiles. Por fortuna, en Valencia hay plazas y rincones que han atravesado el túnel del tiempo. En los últimos veinte años, el buen gusto ha regresado y se han hecho posibles muchas operaciones de recuperación de edificios del casco antiguo que hubieran caído en el abandono de no mediar el interés de los ciudadanos por su historia y por unos barrios donde es posible vivir con serenidad y calidad. 
“Casa famosa soy, en quince años fui edificada. Conciudadanos, probad y ved cuán bueno es el comercio que no lleva fraude en la palabra, que jura al prójimo y no le falta, que no usa de su dinero con usura. El mercader que viva de este modo rebosará de riquezas y gozará después de la vida eterna”. La leyenda, escrita en latín en letras doradas de gran dimensión, recorre en una cinta los cuatro lados de la gran sala. Es el mejor edificio del gótico civil del Mediterráneo. Las columnas helicoidales se retuercen y se elevan hacia un techo que estuvo tachonado de estrellas alguna vez. Los ocho grandes troncos se abren como palmeras para sostener una sala de contratación que deja entrar la luz valenciana por los ventanales góticos cubiertos en su día por láminas de alabastro. Gárgolas monstruosas, medallas y emblemas de la ciudad nos hablan, en el exterior, del momento mejor de Valencia, la última década del siglo XV, cuando la familia Borja estaba asentada en el Papado y una ciudad acaudalada podría hacer frente al mismo tiempo a la ampliación de la Catedral y a la construcción del palacio de la Generalitat. Es Patrimonio de la Humanidad desde el año 1996. 
Ese mismo esplendor gótico lo encontraremos en el Aula Capitular del Convento de Santo Domingo. O en el convento del Carmen. Porque Valencia fue ciudad de poderosas instituciones religiosas –franciscanos, trinitarios, dominicos, mercedarios–  que levantaron monasterios poderosos en la ciudad antigua y en el entorno de la provincia. Esos conventos y monasterios, desamortizados en el siglo XIX, permitirán un caso peculiar de la ciudad, como es el aprovechamiento civil, institucional y cultural de las edificaciones precedentes, en un proceso de adaptación que llega hasta nuestros tiempos. Algunos de esos conventos, como el de la Trinidad, donde vivió sor Isabel de Villena, serán, por añadidura, centros de excelencia literaria. El Renacimiento entró en Valencia por la casa del Patriarca Juan de Ribera, el Colegio del Corpus Christi, arzobispo, capitán general y virrey en los tiempos de Felipe II, que llena otro momento intenso de la historia de la ciudad. Valencia, cuyo puerto ha quedado segregado del comercio con América, es una ciudad notable en el Mediterráneo, pero ya no vive sus momentos de gran esplendor. Con la reforma del Concilio de Trento proliferarán los conventos de monjas y religiosos, y las parroquias se transformarán para dar culto relevante al misterio de la Eucaristía. 
La puerta mayor de la Catedral, situada a los pies del templo, es barroca y se construyó con traza cóncava para poder adaptar mejor la escenografía a la estrechez de una calle que hoy ya se ha perdido. No lejos está la torre de Santa Catalina, la gracia y esplendor de la Valencia barroca, respetada y potenciada por los urbanistas que  a finales del siglo XIX trazaron en línea recta la calle de la Paz. Para entonces, Valencia, tras la guerra de Sucesión, ha perdido sus viejos Fueros y ya está siendo regulada por las leyes nuevas de Castilla. Las casonas de la Edad Media, con poderosa escalera de trazado gótico, van a transformar sus fachadas para adaptarlas al nuevo gusto de la arquitectura; pero seguirán teniendo un corazón de arcos ojivales en recuerdo de un pasado que muchos no quieren olvidar. El padre Tosca, en 1703, dibujó minuciosamente las calles y plazas de la Valencia amurallada que afrontaba un tiempo nuevo. La ciudad empieza a querer tener un puerto de calidad; todavía sigue siendo fuerte gracias a una agricultura potente y a unos gremios que basan su actividad en el ramo textil. Valencia, rodeada de plantaciones de morera para la crianza del gusano de seda, se prepara para la Ilustración. El Mercado Central sigue siendo el centro de más intensa vida de una ciudad que es sabia en la investigación médica y que muy pronto va a beneficiarse de la proyección culta del botánico Antonio José Cavanilles, del erudito Gregorio Mayans. La portada del palacio del marqués de Dos Aguas, de profusa decoración barroca, se convertirá en unos de los referentes dieciochescos de la ciudad. 
Cuando el siglo XVIII concluye, la ciudad de Valencia tiene dentro de sus murallas más de cien mil habitantes; y puede que no menos de 5.000 telares, que traquetean en las artes de la seda. La Lonja, que fue de granos, es ahora un activo centro de contratación de la Seda, que compite con los tejidos de Lyon. La nobleza, el empresariado del momento, mira a Francia en el comercio de vinos y tejidos, y se afrancesa en las expresiones culturales. Se están preparando tiempos de grandes cambios y el primero que la ciudad acomete es trazar un camino recto que una el casco antiguo, desde la puerta de la Aduana, con ese puerto de las eternas aspiraciones. Valencia empieza a ser considerada como la ciudad de las cien torres, por la gran cantidad de campanarios y cúpulas que festonean su perfil. Docenas de ermitas, capillas y conventos levantan campaniles en busca del azul del mar. La ciudad de los oficios y los gremios, la ciudad laboriosa y llana, la Valencia de la Huerta, quiere ver el horizonte marino y construye miramares, torrecillas individuales sobre las que es posible elevarse sobre la planicie de la ciudad. El miramar y las tejas de intenso azul cobalto de las cúpulas se van a configurar como emblemas de la ciudad. 
El siglo XIX será el de las desamortizaciones y los cambios, el siglo intenso de la búsqueda de las libertades y de las cruentas guerras civiles. Valencia resistirá dos asedios de las tropas francesas y derribará su Palacio Real en el curso de la Guerra de la Independencia. Después, el paso del mariscal Suchet dejará en la ciudad, junto con las heridas de la guerra, el recuerdo de algunos notables avances urbanísticos, como la Alameda, que pone en valor la orilla izquierda del río Turia y el camino hacia el mar. La industrialización, el vapor, comenzará a cambiar la vida valenciana a lo largo del siglo XIX. La llegada del ferrocarril, en 1852, confirmará el valor del puerto de Valencia como el más cercano a la capital del Reino y como salida natural al mar desde la Meseta. A no tardar mucho, Valencia se sentirá encorsetada dentro de sus viejas murallas. Al mismo tiempo que asimila viejos conventos urbanos, la ciudad levantará una plaza de toros de inspiración romana, se dotará del Teatro Principal y se irá poblando de otras renovadas instituciones religiosas. El derribo de las murallas, finalmente, será el momento de pensar en nuevas dimensiones para la ciudad y de abrir, en el Ensanche, perspectivas nuevas de aire europeo. 
La Exposición Regional Valenciana, del año 1909, se registra como el gran salto que la ciudad dio hacia la modernidad. Por primera vez, el liderazgo de la ciudad capital puso en marcha un progreso económico, político y social de ámbito regional. Sobre la base agrarista había surgido una burguesía industrial creadora, que tenía fe en las comunicaciones y el progreso del nuevo siglo, y se mostraba preparada para asimilar los cambios que la técnica, la economía y la organización social reclamarían en las décadas siguientes. De aquella Exposición, del modernismo que aportó a la arquitectura, quedan no pocos recuerdos, que se extendieron en las décadas siguientes.  Valencia, en el primer tercio del siglo XX, se extiende en el Ensanche, transforma el viejo Barrio de Pescadores y da un nuevo trazado a la antigua Bajada de San Francisco. El nuevo Ayuntamiento, el Banco de España, el Instituto Nacional de Previsión, Correos y la Telefónica, junto con la Estación del Norte y los mercados Central y de Colón ayudan a configurar una ciudad moderna que, pese al terrible corte de la Guerra Civil, aspira a configurarse al mismo tiempo en capital regional y en una ciudad que compite en atractivos con sus hermanas españolas. 
Valencia, que durante la Guerra Civil recibió al Gobierno trasladado de Madrid y a miles de civiles evacuados, sufrió una dura posguerra. Como en toda España, el desarrollo fue lento y trabajoso en una Valencia necesitada de profundas reformas. Este es un tiempo escaso en referentes arquitectónicos de calidad, aunque se pueden encontrar en el Mercado de Abastos o en las primeras facultades del naciente Paseo al Mar. La Finca Roja, no obstante, quedará como bandera de una arquitectura no convencional, que sigue siendo atrayente con el paso del tiempo. La riada de 1957, con sus graves estragos, forzó dos vías de cambio estratégico de Valencia. De un lado empujó a la construcción de nuevas barriadas para los damnificados y estimuló el nacimiento de polígonos de viviendas en los planes de los sesenta y setenta. De otra parte, la decisión de construir un nuevo cauce al río Turia por el sur del término municipal terminó por configurarse como la decisión más importante del siglo XX en lo que se refiere a urbanismo e infraestructuras. Nuevas redes de accesos y ferrocarriles y un plan general renovado harán que se aborden las necesidades de la ciudad del futuro y, a largo plazo, ese trascendental cambio consistente en dedicar el cauce viejo del Turia a parque urbano. 
El viejo cauce del Turia, convertido en parque, ha resultado ser la espina dorsal de la ciudad, a la que se asoman buena parte de los museos e instituciones culturales. 
El itinerario propuesto comienza en el Parque de Cabecera, llamado así porque se ha creado en la zona de entrada del viejo río Turia en el término municipal. Aprovechando la depresión natural del río se excavó el vaso de un lago y se elevó una colina artificial que ha resultado ser la mayor altura del suelo en la ciudad. El Parque de Cabecera, de 150.000 metros cuadrados, tiene hermosos parajes para el descanso y el paseo, a pie o en bicicleta, y permite también un agradable recorrido en patín acuático por el lago. El Parque de Cabecera está situado junto al Bioparc.  
Bioparc es un nuevo espacio para los animales que la ciudad de Valencia ha ubicado en el Parque de Cabecera, al norte del jardín del antiguo cauce del río Turia. Bioparc Valencia es un parque zoológico de nueva generación, singular, creado con el concepto de zoo-inmersión, complementado con servicios turísticos. Allí el visitante puede disfrutar de una recreación de la sabana, antílopes, jirafas y rinocerontes, leones en atalayas rocosa, madrigueras de hienas y jabalís verrugosos, la espesura del bosque ecuatorial con gorilas, búfalos y leopardos, o también elefantes, hipopótamos, cocodrilos y peces de colores. 
Nuestro recorrido continua por el Museo de Historia de Valencia, una original instalación cultural ubicada en una sala de columnas, la sala hipóstila, que fue un depósito de agua construido por  Ildefonso Cerdá.  Las máquinas del tiempo permiten a los visitantes trasladarse sin esfuerzo a la Valencia romana, musulmana, medieval, renacentista y modernista. El puente 9 de Octubre, que cruza el Turia, es la primera obra de Santiago Calatrava en su ciudad. Más adelante, en la misma orilla derecha del Turia, encontraremos otra gran instalación, el viejo Matadero, transformado ahora en complejo deportivo y cultural con piscinas, gimnasios, biblioteca, residencia de deportistas de élite y la sede de la Fundación Valenciana para el Deporte. Un estadio atlético al aire libre, ubicado en el cauce del río, completa la vocación deportiva de la zona. 
Siguiendo el curso del río hay que desviarse por  el Jardín Botánico, un precioso recinto, recogido y casi secreto, propiedad de la Universidad. Fundado a principios del siglo XIX, fue el primer jardín de plantas medicinas y tropicales de Valencia, al servicio de la farmacia y la investigación. Después de ver sus invernaderos y el Museo de Entomología no se debe olvidar un pequeño pero singular jardín valenciano, el de las Hespérides, que hace referencia a la fruta dorada, la naranja, emblema de Valencia. Cientos de variedades de limones, mandarinos y naranjos se reúnen en este sereno parque adornado de esculturas. Tras la Asociación Valenciana de Caridad y el Asilo de San Juan Bautista, ahora Universidad Católica, llegaremos al IVAM, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, donde Valencia exhibe de forma permanente lo más novedoso del panorama de las artes contemporáneas. Al lado, en la calle de la Corona, el Centro Cultural la Beneficencia, de la Diputación, reúne dos museos notables, el de Prehistoria y el de Etnología, más varias salas dedicadas habitualmente a exposiciones históricas, costumbristas y de viajes.  Las torres de Quart están a poca distancia, en la ronda que fue la de la muralla.  La puerta defensiva imponente, fue construida a mediados del siglo XIV y recuerda al Castel Nuovo de Nápoles. En ella se reconocen unas heridas, causadas por las baterías francesas en el asedio a la ciudad  durante la Guerra de la Independencia. Junto a las torres, la estatua dedicada a El Palleter, el héroe popular, que levantó a los vecinos contra los franceses.  Aquí podemos ver el único lienzo de la muralla cristiana de Valencia que queda en pie.  Volvemos a la orilla derecha del Turia. Para reconocer en los pretiles que, a partir de la gran inundación de 1517, una institución, llamada “De Murs i Valls” (De murallas y valladares) se encargó de defender la ciudad contra riadas, reparar los puentes y reforzar los pretiles. Las bolas de piedra y las barandas de cantería festoneadas de adornos y bancos numerados serán, con el tiempo, una de las características de la ciudad de Valencia. Hasta bien entrado el siglo XVIII trabajó la institución en la defensa de la ciudad. 
Pronto encontraremos el primer puente histórico, el de San José, que en su origen es del siglo XIV. Pasaremos por el convento del Corpus Christi, en la calle Guillén de Castro que lleva al corazón del barrio del Carmen. Por la orilla del Turia podemos llegar a la Casa Museo de los Benlliure y también al salón de Racionistas. Pero una desviación momentánea de la orilla del Turia nos permitirá conocer la plaza del Carmen y el convento del mismo nombre, que fue museo y escuela de Bellas Artes y que está siendo convertido paulatinamente en centro cultural y en Museo del siglo XIX, destinado a enlazar el Museo de Bellas Artes con las colecciones contemporáneas del IVAM. En las inmediaciones, Valencia ha instalado la sede del Consell Valencià de Cultura y la de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. 
Se puede regresar al río por la calle de Roteros y ver, a la izquierda, la soberbia entrada,  por una de las puertas mayores de España, que da paso al Museo de las Rocas. Se llaman así los carros triunfales que desfilan en la procesión del Corpus Christi de Valencia, famosa por su participación y por el aire colorista y mediterráneo de los vestidos de todas las recreaciones bíblicas que desfilan. En las Rocas, algunas con cientos de años de antigüedad, se representan, mediantes esculturas, misterios teológicos y religiosos. La casona- almacén, recientemente acondicionada, es original del siglo XV. 
Estamos junto a las torres de Serranos, una de las entradas triunfales a la ciudad de Valencia, un monumento característico, situado frente al puente de su nombre del siglo XV. Los Serranos es una comarca del interior de la provincia. De esta puerta salía el camino que llevaba a los viajeros a las montañas del noroeste y también, por el norte, a Cataluña. Los que llegaban tarde a la ciudad, cerradas las puertas de la muralla, forzosamente habían de quedarse fuera toda la noche “a la luna de Valencia”. Observemos los cerrojos y el claveteado de la puerta; la Campana de la Libertad de la ciudad, que está colocada en la parte posterior; y cómo los arquitectos  dejaron las torres sin cubrir por detrás para que el baluarte nunca fuera usado contra los ciudadanos. La Senyera ondea siempre, por orden de los Jurados de la Ciudad, desde que las torres fueron terminadas de construir, en 1498. La 
fortaleza de sus muros y bóvedas aconsejó que los cuadros del Museo del Prado evacuados de Madrid para evitar los bombardeos de la Guerra Civil pasaran aquí buena parte de la contienda. La puerta blindada metálica de la parte posterior derecha todavía lo testimonia. Más adelante, el puente de la Trinidad tiene fecha en el siglo XIV y lleva el título de ser el más antiguo de la ciudad. Conduce al convento gótico de la Trinidad, uno de los monumentos más destacables de la orilla izquierda del río. Aunque la clausura cierra casi siempre sus puertas, no debe perderse la serenidad del patio y el recogimiento de su iglesia. Fundado en el siglo XIII, poco después de la conquista, alberga la tumba de doña María de Castilla, esposa de Alfonso el Magnánimo. Aquí fue abadesa sor Isabel de Villena, notable intelectual e inspirada escritora en el Siglo de Oro valenciano. 
No muy lejos, basta cruzar la calle de Alboraya, nos encontraremos con el Museo de Bellas Artes, ubicado en el que fue convento de San Pío V, del siglo XVII. Tras la Desamortización, la casa fue propiedad militar, cuartel y hospital; pero se convirtió en 1946 en Museo Provincial de Bellas Artes. Siempre se ha considerado como la segunda pinacoteca de España, tras el Museo del Prado, por la calidad de las pinturas que alberga. Contribuye a sus fondos el peso de la colección de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, allí depositada. Sometido a reformas y maltratado por numerosas riadas, el puente del Real es el que ha unido la ciudad con el Palacio Real de Valencia, que estaba en la orilla izquierda. Si regresamos a la orilla derecha por el puente del Real, nos encontraremos de frente con el Temple, otro de los muchos ejemplos valencianos de monasterios reutilizados después de la Desamortización. Sobrio, elegante, es sede de la delegación del Gobierno en la Comunitat Valenciana. Se trata de un  antiguo monasterio, fruto de la donación que Jaime I hizo a los templarios, luego transformados en Orden de Montesa. Perdido en el terremoto de 1748 el castillo que la orden poseía tierra adentro, los monjes se instalaron aqui y construyeron el monasterio, inaugurado en 1770. En un lateral se recuerda el lugar donde estuvo el torreón en el que los musulmanes colgaron el pendón real de Jaime I, en señal de rendición de la ciudad a los cristianos. 
Descendemos ahora por lo que fue Rambla o brazo secundario del río. Es la plaza de Tetuán, donde encontraremos notables monumentos y centros culturales. El primero es el Palacio de Cervellón, actualmente sede del Archivo Histórico Municipal, que guarda fondos documentales de la ciudad desde el siglo XIII. Al otro lado de la plaza está, imponente, el convento de Dominicos, los predicadores que dieron nombre valenciano a la plaza.  Fundado tras la conquista, fue un importante centro de piedad donde estudió y profesó San Vicente Ferrer. Tiene claustros góticos y renacentistas que han sido restaurados por el Ejército que, desde el siglo XIX, tiene aquí ubicada la sede del mando militar de la región. En lo que es iglesia castrense de Santo Domingo hay una capilla de gran calidad presidida por el túmulo de los marqueses de Zenete. En la misma plaza hay una importante manzana del siglo XIX, que Bancaja transformó en  su Fundación Cultural, con sala de conferencias, biblioteca y salas de exposiciones. La primera sede de la institución financiera se ha unido al centro cultural tras la oportuna reforma. En la calle del Mar, cerca de la plaza de Tetuán, conviene ver el Pouet de Sant Vicent. Es la casa natalicia del santo valenciano, convertida en capilla.  
Estamos ya en la Glorieta, el primer jardín público que tuvo la ciudad, construido por iniciativa del mariscal Suchet durante la dominación francesa de la ciudad. Adornados con estatuas y bustos conmemorativos, los jardines, en 1844, fueron testigos de la primera iluminación pública de gas. La estatua-fuente del Tritón, del italiano Ponzanelli, procede de un huerto privado y es de singular calidad. Enfrente, imponente, entre la Glorieta y el Parterre, encontramos el Palacio de Justicia de Valencia, que recuerda su nacimiento, en 1802, cuando Carlos IV visitó Valencia e inauguró, además de lo que fue una gran Aduana, la alineación y ordenación del camino que llevaba al puerto. El edificio, exento, de ladrillo y piedra, tiene planta rectangular y un aspecto grandioso. Ha servido como Aduana, pero más tarde fue Fábrica de Tabacos. En 1922, cesó en esa actividad y pasó a ser Palacio de Justicia tras una adaptación. 
Por el puente del Real iniciaremos ahora otra ruta que nos llevará al siguiente tramo del río Turia, caminando “aguas abajo”. La primera parada estará en los Viveros, el gran jardín público de la ciudad, nacido a partir del parque y el zoológico que tuvo en su momento el palacio Real de Valencia, derribado durante la Guerra de la Independencia. Terminaron con él los propios valencianos, temerosos de que los franceses instalaran en él baterías artilleras. La colina poblada de pinos que podemos ver en estos Jardines del Real la forman los escombros palaciegos amontonados apresuradamente. Recientemente se han iniciado excavaciones para tener mejor información sobre los restos de la mansión que ocupó el rey y sus virreyes, residencia real desde tiempos musulmanes. Rosaledas, fuentes, paseos y estanques dan especial gracia a estos Viveros donde la ciudad del siglo XX tuvo su área de esparcimiento. 
Desde los Viveros se puede pasar al elegante Jardín de Monforte, una selecta belleza de la ciudad, poco conocida. Es un jardín que nació de propiedad particular por iniciativa de Juan Bautista Romero, un financiero valenciano que enriqueció con fuentes, estatuas y un diseño primoroso el huerto comprado al barón de Llaurí a mediados del siglo XIX.  Aquí están los primeros leones que se labraron para decorar las Cortes Españolas, en la Carrera de san Jerónimo; rechazados como pequeños, fueron adquiridos por el propietario del jardín, que los incorporó a la decoración que pretendía. La casa de la entrada y el huerto son utilizados por el Ayuntamiento, el propietario actual del jardín, como marco de bodas civiles. La Alameda es paseo por excelencia de la ciudad, el lugar de esparcimiento predilecto de las familias y del pueblo valenciano, que en los días propicios cruzaban el río con sus coches, o a caballo, y paseaban por una pradera festoneada de álamos en la margen izquierda del río. El mariscal Suchet, durante la ocupación francesa, favoreció con reformas el paseo, que en su día tuvo estatuas en homenaje a Felipe  V; construyó en el siglo XVIII las dos torres de los guardas y más tarde adornó con fuentes francesas los extremos. Por aquí ha pasado la vida festiva y de esparcimiento de la ciudad durante décadas: esta fue la sede clásica de la Feria de Julio y aquí se sigue celebrando cada año, entre otros cien acontecimientos, la singular Batalla de Flores. 
No muy lejos, el Palacio de la Exposición, la Lactancia y la Tabacalera nos recuerdan la Exposición Regional de 1909, un momento de modernización y progreso de la ciudad de Valencia. El Palacio Municipal, que fue el pabellón oficial del Ayuntamiento en aquel certamen, evoca las líneas góticas del Micalet y la Lonja y aporta hermosas vidrieras neogóticas. El Asilo de Lactancia es ahora sede del Balneario, una instalación de spa que usa las aguas termales que brotan de un manantial natural, a poca distancia. La Tabacalera fue palacio de la Industria en aquella Exposición y más tarde fábrica de cigarrillos. Ahora es de propiedad municipal y se ha convertido en sede de buena parte de las instalaciones del Ayuntamiento. Desde la Alameda hemos podido ver tres puentes singulares: uno, moderno, es el de la Exposición, que los valencianos llaman “de la Peineta”, obra de Santiago Calatrava.  Ocupa el lugar de la pasarela modernista que se construyó para la Exposición Regional, destruida por la riada de 1957. Bajo la superficie del río es interesante ver la estación del Metro, recubierta de la blancura del “trencadis”, un mosaico hecho de retales cerámicos. Otro interesante puente es el de las Flores, curiosidad de la ciudad: en invierno y en verano tiene como ornato generosos macizos de flores, que refuerzan la leyenda floral de la ciudad. Muy cerca, el Puente del Mar es el último de los puentes clásicos de la ciudad. Dotado de escaleras en una reforma de los años treinta, perdió su condición de transitable para vehículos  en beneficio de otras infraestructuras más modernas. Como otros puentes históricos, está ornamentado con estatuas de santos o de los patronos de la ciudad, en elegantes hornacinas clásicas. 
Veremos en la orilla izquierda los cuarteles de San Juan de Ribera, donde se encuentra el interesante Museo Militar y muy pronto aparecerá en el horizonte el tramo del jardín del Turia que dibujó Ricardo Bofill, con sus  pérgolas clásicas y la gran alberca con fuente. En ese hermoso marco se levantó el Palau de la Música, un auditorio trazado por García de Paredes, que en el año 1987 anunció, -después llegó el IVAM-, el deseo de la ciudad de modernizarse y cambiar, de dar un salto en sus dotaciones culturales y sociales. El Palau de la Música, una necesidad en tierra de grandes aficiones musicales, lleva mas de veinte años irradiando cultura musical de todo tipo entre los valencianos. La visión nocturna del auditorio, desde el cauce del Turia,  fue el primer emblema de la ciudad nueva.  Su nacimiento, con la prolongación de la Alameda, fue el inicio de una transformación de la orilla izquierda del Turia, que desde ese punto era, en los años ochenta, una degradada zona industrial. El centro fue ampliado en 2002 con nuevas salas de ensayo, vestuarios, biblioteca y oficinas, así como muelle subterráneo de carga. 
Entre los puentes de Aragón y del Ángel Custodio, Valencia tiene un atractivo parque temático centrado en la figura yacente de Gulliver, que en los años ochenta se construyó a gran escala. Es un lugar insólito, interesante, que nació de la imaginación de los valencianos para que los niños jugasen sobre él y reconstruyeran la leyenda de los liliputienses.  Visto desde las alturas del puente, el gigantón cobra sus perfiles verdaderos y adquiere proporción a la vista.  
El parque termina con el moderno puente del Reino o de la avenida de Francia, famoso por las figuras mitológicas que lo adornan, hombres con cabeza de fiera. Muy cerca, en la margen derecha, aparece el antiguo convento de Monteolivete, hospedería y lazareto antes situado en las afueras de la ciudad.  Desde el año 1995, el edificio, que reitera esa idea de una ciudad que ha aprovechado los viejos conventos, es sede de la Junta Central Fallera y del Museo Fallero. Se guardan allí los muñecos (“ninots”) que cada año, desde 1934, se indultan del fuego por votación popular. 
El jardín del Turia se adentra en una zona nueva de la ciudad, intensa en su construcción, que ha sido objeto de transformación en los últimos años. Los jardines son ahora de moderno diseño, el Turia ya no tiene los pretiles de la zona urbana antigua y permanece en el recuerdo el curso de agua del Turia, en el que ha insistido Santiago Calatrava.  Es ésta una zona de intensa renovación y edificación en altura. A la derecha vemos la Ciudad de la Justicia y el Centro Comercial El Saler; a la izquierda, después de la escultura llamada “El Parotet”, la torre de Europa, de más de 100 metros y el centro comercial de El Corte Inglés y el complejo comercial Aqua, en el que sobresale la torre de Iberdrola Renovables. Sobre una superficie de más de 250.000 metros cuadrados, divida en tres tramos, los desniveles y terrazas, junto con varios puentes, hacen posible el nacimiento de juegos paisajísticos. Aguas abajo, siempre camino hacia el mar, el río, más allá de la vía de Barcelona, sigue en fase de transformación. Pronto conectarán las nuevas zonas urbanas reconvertidas que aproximarán la ciudad a su puerto y a su mar. 
Valencia tiene el segundo puerto del Mediterráneo, siempre en tensión por conquistar el liderazgo: la gran puerta de entrada a Europa desde Oriente de los gigantescos buques portacontenedores está aquí. Por eso vamos a ver un horizonte erizado de torres azules y amarillas que se encargan del trasiego de mercancías día y noche. El puerto, nacido en una costa arenosa sin condiciones, no fue realidad hasta bien entrado el siglo XIX. Después, la técnica ha permitido unas ampliaciones tan notables como los sacrificios hechos por la ciudad: para que el nuevo puerto llegara hasta el cauce nuevo del Turia, Valencia perdió una playa, la de Nazaret, y cambió su geografía. 
Testigo del paso del tiempo y del cambio de la geografía son las Atarazanas, que se han quedado sensiblemente alejadas del agua aunque en su día fueron construidas al borde de la arena. Son los astilleros del Rey de Aragón, una instalación gótica que la ciudad levantó para construir y armar sus galeras: cinco grandes naves de arquería gótica, que ahora se usan como sede de exposiciones y eventos culturales tras una primorosa restauración. Cerca, la parroquia de Santa María del Mar conserva todavía placas urbanas que nos hablan del tiempo en que este poblado marinero vecino a Valencia era municipio independiente. En este recorrido vamos a ver el resultado de la conversión de la Dársena antigua en un puerto deportivo, La Marina Real Juan Carlos I, operación que se ha realizado en los últimos años, entre 2004 y 2006. Separada del tráfico del puerto comercial e industrial, la dársena vieja se comunicó con el mar por un nuevo canal y se hizo independiente; para ser el escenario de la 32ª edición de la America’s Cup de 2007, la más atrayente competición mundial del deporte de la vela.  
El Edificio del Reloj, los tinglados modernistas, la antigua estación marítima nos hablan de un pasado en el que el tráfico comercial ya era sustancial para Valencia. La America’s Cup, por añadidura, además de las bases de los equipos, trajo la belleza de líneas y la pureza arquitectónica del edificio “Veles e Vents” de Chipperfield y Vázquez, que se convirtió en emblema del puerto nuevo. Desde sus terrazas, los invitados a las grandes competiciones ven el desfile de veleros hacia el mar y pueden seguir las regatas que se realizan siempre cerca de la costa aprovechando la regularidad de los vientos valencianos. Desde el edificio “Veles e Vents” veremos el gran pantalán central de la dársena, con yates y veleros amarrados, así como el varadero y la aduana del puerto antiguo, que han sido adaptados a nuevas funciones. Hasta el mar, siguiendo el trazado del canal, vamos a ver una nueva zona deportiva y de ocio, con restaurantes que festonean paseos y conducen a las dos marinas, norte y sur.  
Dos enormes mástiles, con las banderas nacional y valenciana, señalan la puerta de comunicación con la playa norte de la ciudad. Se inician en ese punto las playas clásicas de Valencia: el Cabanyal y la Malvarrosa. Esta es la playa que tantas veces pintó Joaquín Sorolla y a la que se asomaron otros muchos artistas antes y después, tanto Cecilio Plá como Ignacio Pinazo. Ésta es también la playa literaria en la que Vicente Blasco Ibáñez ubicó su novela “Flor de mayo”, ambientada entre pescadores. Los antiguos merenderos, las casetas de baño del siglo XIX construidas en madera se han transformado a lo largo del siglo XX  y han adquirido calidad con la America’s Cup. Podemos hablar ya de verdaderos hoteles de gran nivel. Con todo, los establecimientos no pierden, sino que fomentan el sentido popular y el apego a la tradición: aquí, en lugares que hizo famosos el pueblo que buscaba los merenderos bajo cañizos, como La Marcelina, La Pepica, El Estimat o La Rosa, se siguen comiendo los más inolvidables arroces de pescado de Valencia. 
El mayor de todos los balnearios clásicos, Las Arenas, nacido en el siglo XIX para las tandas de baños de ola, es ahora un hotel de cinco estrellas, con una cocina estimable y con el buen gusto que reclaman los tiempos modernos. Los dos templetes de columnas que fueron característicos de la playa valenciana albergan ahora salones para eventos, mientras el balneario se ha transformado en un moderno spa. El Paseo Marítimo, una gran conquista de la Valencia renovada, se extiende con todo el atractivo de sus bares, terrazas y restaurantes. La playa está excelentemente dotada, se limpia de forma escrupulosa y es el gran centro veraniego de la ciudad. Casetas, hamacas y sombrillas hacen de ella una playa cómoda donde siempre hay cerca el recuerdo evocador de una barca de pesca. 
Gracias al puerto, esta playa del norte crece con el tiempo. Se comprueba la distancia que hay hasta el mar cuando el visitante llega a la Casa- Museo de Vicente Blasco Ibáñez, mucho más cercana a las aguas hace un siglo, cuando la construyó. Aquí pasaba el escritor sus veranos, aquí recibía a sus tertulias literarias y a sus amigos de partido, para compartir los anhelos de libertad republicanos. El Ayuntamiento, propietario del reciento, mantiene aquí una interesante actividad cultural en torno a la vida y la obra del novelista. Visitar su terraza y conocer su estudio es una interesante experiencia. En el siglo XIX, un empresario de perfumería, Robillard, valenciano de ascendencia francesa, compró suelo y estableció en estos arenales viveros de plantas aromáticas: lavanda y romero, albahaca y malvarrosa. De esta última, y de su perfume, nació el nombre popular de la playa más famosa de Valencia. Chalés antiguos, casas con elegantes detalles modernistas, humildes casas de antiguos pescadores nos hablan de una playa donde los bueyes entraban al atardecer las grandes barcas de vela latina con los rendimientos de pesca que las mujeres iban ordenando en cestas. Sorolla lo pintó una y otra vez; como creó el emblema del verano valenciano excelente: las dos mujeres, impecablemente vestidas de blanco que pasean con sus sombrillas por la orilla del mar. 
Siempre hay gente en esta playa; incluso en los más duros días de temporal de invierno hay paseantes y corredores y no faltan los devotos que se bañan. Ésta es la playa popular por excelencia, la playa donde los valencianos expresan mejor su afán por entrar en contacto con la naturaleza: arena, mar y cielo son los tres elementos clave para la convivencia. Así, desde la primavera, ésta es la playa de la gran animación, el lugar ideal para el esparcimiento de las familias bajo la sombrilla. Y el lugar también para la relajada copa nocturna y la charla tranquila ante el horizonte del mar. Poble Nou, El Cabanyal, Cap de França y el Canyamelar. Estos son los nombres clásicos de los núcleos de población de la Valencia marinera que durante muchos años no fueron sino conglomerados de barracas atravesados por acequias que buscaban el mar y, como mucho, casas de ladrillo con una altura. El Cabanyal nos habla de cabañas; el Canyamelar, de caña de azúcar, un cultivo que se extendió en tiempos lejanos por las huertas de suelo arenoso. Pero la actividad dominante fue la de la pesca que usaba los arenales como depósito nocturno de las embarcaciones y como taller al aire libre para el hilado y remiendo de las redes. 
Pescado que se seca al sol y al aire, antigua solidaridad de hombres de mar acostumbrados a la vida dura. Sorolla pintó aquí  “¡Y aún dicen que el pescado es caro…!” para señalar la tragedia del accidente laboral en la mar.  Esas gentes, y su esfuerzo, recibían cada año la visita de docenas de familias valencianas que alquilaban casitas para el veraneo. La de Sorolla fue una de ellas que se unía a los cientos de veraneantes que a bordo del Tren Botijo llegaban desde el interior de España. El resultado fue el crecimiento y la transformación de un barrio de intenso sabor popular. 
Éste es el barrio donde estuvo la mayor parte de los almacenes portuarios. Las calles, paralelas al mar, recuerdan la alineación de las barracas. Los cortes de oeste a este son los de las antiguas acequias.  Pero son, también, inteligentes aberturas para que las brisas marinas aireen y refresquen el barrio. Las casas nacieron con espontaneidad y sin proyecto oficial de la mano de maestros de obra del barrio. Y con un peculiar sentido decorativo que pasado un siglo se nos presenta intensamente atrayente, cargado de inocencia decorativa y sentido popular. 
Las parroquias y los mercados de esta Valencia marinera son edificios singulares. En Semana Santa, las primeras son la sede de procesiones que hacen del distrito un atractivo escenario de la Pasión atravesada de sentido popular marinero.  Los mercados, por su parte, aportan lo mejor de los pescados de la ciudad y la algarabía sencilla de todos los poblados cercanos al Mare Nostrum y a los puertos. Porque aquí, como hace siglos, sigue viviendo buena parte de los trabajadores del puerto de Valencia y la mayor parte de los aficionados a un equipo de fútbol ancestral y diferente, el Levante Unión Deportiva. En el distrito encontraremos museos singulares, como el del Arroz, que está ubicado en la calle del Rosario. La maquinaria de la industria dedicada al grano presenta la tecnología de hace un siglo en una atractiva instalación. En el mismo complejo se presenta el Museo dedicado a la Semana Santa Marinera que reúne pasos, andas, recuerdos y estandartes de las celebraciones religiosas. 
Lo iniciamos en las torres de Serranos para dirigirnos, por la calle del Muro de Santa Ana, a la plaza de San Lorenzo.  Encontraremos, a la derecha, la interesante iglesia de San Lorenzo, de los franciscanos, y un curioso edificio que ha recuperado la antigua decoración de su fachada. A la izquierda, soberbio, nos aguarda el palacio de Benicarló, edificio gótico residencia medieval de la familia Borja y después convertido en industria textil y en casa del conde de Benicarló. Pasó a manos del Estado y fue residencia del Gobierno de la República en 1937, cuando fue despacho del presidente Azaña. Más tarde se convirtió en sede de las Cortes Valencianas, que a partir de 1982 lo restauraron y le añadieron dependencias para el funcionamiento del parlamento valenciano. A pocos pasos, el viajero puede encontrar la recoleta plaza de Nules, formada por dos soberbios palacios: uno es sede de la Real Maestranza de Caballería y el otro alberga ahora la vicepresidencia de la Generalitat. Desde allí es fácil llegar a la plaza de la Virgen, corazón de la ciudad. Estamos en lo más elevado de la colina que los romanos ocuparon al fundar la ciudad un siglo antes de Cristo: una placa con inscripción, en el centro de la plaza, recuerda este nacimiento, del que hay memoria en el yacimiento de la Almoina, tras la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados. 
La plaza de la Virgen (en valenciano de la Mare de Déu) tiene el perfil familiar de los niños que corren detrás de las palomas. En ella tenemos a mano la Valencia monumental: el Palacio de la Generalitat, la Basílica de la Virgen, la Casa Vestuario y la Catedral. El jardín rodeado de verja es el solar que en la Valencia antigua ocupó el Ayuntamiento; el ángel de la esquina es San Miguel, el custodio de la ciudad. El Micalet, la torre de las campanas de la iglesia Catedral y el cimborrio gótico sobresalen en el perfil.  Pero es muy notable la logia de doble arquería renacentista de la Catedral, la poderosa vidriera gótica que configura calada la estrella de David (“El Salomó”) y la puerta gótica de los Apóstoles a cuyos pies se reúne, todos los jueves a mediodía siguiendo la costumbre establecida hace centurias, el Tribunal de las Aguas, la institución que regula los riegos de la Vega de Valencia y que dicta sentencias inapelables sin documentación escrita; estamos ante la más antigua institución de justicia oral que funciona en Europa y ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.   La fuente que mana en la plaza recuerda esos riegos: en el centro está el padre río, el Turia, rodeado de sus jóvenes hijas, las acequias. 
La Catedral comenzó a construirse en 1262 en una zona, la cumbre de la colina fundacional, donde estuvieron los templos romanos, la primera iglesia visigoda y la mezquita mayor.  La acumulación de estilos de  Valencia es bien visible en la Catedral: la puerta primitiva es románica; la que da a la plaza es gótica, como el cimborrio, hermosamente calado para que penetre la luz; la tercera es barroca. La Catedral fue una suma de estilos también en su interior. En tiempos modernos se ha tenido que elegir y se han respetado las líneas góticas originales, cistercienses, en una parte del templo. En el curso de esos trabajos en el altar mayor recientemente, debajo de una cubierta barroca, se han reencontrado unas preciosas pinturas renacentistas, pintadas por artistas italianos enviados por Rodrigo Borja, el que sería Papa Alejandro VI.  Son ángeles músicos, festoneados de estrellas doradas, debidos a los pinceles de Francesco Pagano y Paolo de San Leocadio; tras la sorpresa inicial y la restauración, los expertos han catalogado las pinturas como únicas en Europa por su calidad. 
La Virgen de los Desamparados, Patrona de Valencia, tuvo primero su capilla en la arquería de la logia de la Catedral. Pero el aumento de la devoción recomendó la construcción, en el siglo XVII, de un templo específicamente dedicado a la veneración de la imagen que acompañaba a los desposeídos y abandonados, a los que fallecían sin amparo de la familia, a los inocentes y dementes de la ciudad, para convertirse en una  advocación de alta devoción popular. Al Micalet, el campanario gótico de la Catedral, se le superpuso en el siglo XVIII una espadaña para sustentar la gran campana de las horas, llamada “Miquel”, que acabó dando nombre a la torre. La mezcla de estilos puede chocar al visitante; pero estamos ante la torre más querida como emblema por los valencianos y es la nostálgica referencia de los que tienen que emigrar. Si el viajero sube hasta la terraza de la torre (207 peldaños) no debe dejar de visitar la  casa del campanero, desde la que podía tocar las campanas situadas encima.  Desde la terraza del Micalet, que ya no es el lugar más elevado de Valencia al que subieron en su día todos los monarcas e ilustres viajeros, se divisa el mar en el horizonte. En las inmediaciones se verá la plaza de la Reina y la Almoina, una zona de vestigios de todas las épocas donde se ha llegado hasta al suelo fundacional.  El conjunto, después de largos años de excavaciones, se ha convertido en un singular museo que recorre los tiempos originales de la ciudad, cubierto por la lámina de agua sobre otra de cristal. Muy cerca se debe conocer el Almudín: es el antiguo almacén de grano de Valencia, una joya gótica con almenas y ronda de guardia. Ahora, transformado  en sala para exposiciones, exhibe en los muros interesantes inscripciones que evocan a los santos patronos y que recuerdan algunas importantes llegadas de grano en tiempos de carestía. El palacio arzobispal preside una hermosa plaza en las inmediaciones de la puerta románica de la Catedral. Enfrente vamos a encontrar el Palacio de Berbedel, elegante mansión que fue propiedad del marqués de Campo y que ahora acoge el Museo de la Ciudad. Alberga de forma permanente la importante colección de pinturas de la Ciudad y celebra continuamente exposiciones temporales. Muy cerca, relacionada con los yacimientos que testimonian el origen de Valencia, podemos encontrar la cripta de San Vicente Mártir, un lugar de raíces paleocristianas que evoca el martirio del diácono Vicente, un santo clave en el primer cristianismo valenciano.  
Es interesante la neoclásica Casa Vestuario, que fue construida para que los miembros del Consejo de la Ciudad se revistieran de gala para las solemnidades religiosas. Guarda interesantes pinturas y ha sido adaptada como biblioteca pública. El Palacio de la Generalitat fue construido como sede solemne de las Cortes del Reino. Gótico y renacentista, ahora es sede de la presidencia de la Generalitat. En su interior deben conocerse las pinturas del  Salón de Cortes: los caballeros, los nobles y eclesiásticos que ilustraban los tres brazos de representación del Reino de Valencia fueron retratados en ellas para la posteridad. También debe conocerse el artesonado de la Sala Dorada, de profusa decoración. Junto a la Generalitat se extiende la plaza de Manises, donde encontraremos el conjunto de palacios gótico-renacentistas de la Baylia y del Marqués de la Scala, sedes de la Diputación Provincial. Cerca hay conventos recoletos, como el de la Puridad y caserones palaciegos. El Palacio de Fuentehermosa, frente a la Generalitat, es de una elegante pureza modernista. Aquí arranca la calle de los Caballeros festoneada de viejos palacios señoriales. En la zona –calle de Salinas– es frecuente encontrar lienzos de la muralla musulmana, solitarios o reaprovechados. Muy cerca está el Portal de Valldigna, de la muralla musulmana. En la zona izquierda de esta calle, encontraremos el acceso a la iglesia de San Nicolás, otra de las clásicas de la ciudad, decorada con hermosas pinturas. 
Entre palacios y caserones llegaremos al Tossal, un nombre que evoca una elevación del terreno y una plaza que alberga un pequeño museo subterráneo, con restos de la muralla. La plaza de Sant Jaume se divide en dos calles, la Alta y la Baja, que se adentran en el dédalo popular del barrio del Carmen.  Los bares y pequeños restaurantes, las tiendas de los más innovadores creadores se dan cita en esta parte de la ciudad de vocación joven y dinámica. La calle de la Bolsería también muestra una animación especial tanto de día como de noche: su pendiente nos indica que bajamos la colina y que vamos hacia una explanada situada a las afueras de la muralla musulmana, en la que desde hace mil años ha tenido la ciudad su mercado. Antes, no obstante, valdrá la pena un pequeño desvío para conocer, en la calle de Valeriola, el palacio de Joan de Valeriola, de los siglos XIV y XV, que ahora es sede de la Fundación Chirivella Soriano. Tras una primorosa restauración, en 2005 se convirtió en un centro de arte contemporáneo de notable interés, con una importante colección de pintura, en el que se realizan exposiciones temporales y se celebran diversas actividades de índole investigadora y didáctica. 
El Mercado Central de Valencia se inauguró en los años veinte y es una construcción metálica, de traza modernista en su decoración, que sorprende por sus enormes dimensiones. La Valencia más popular se da cita bajo sus bóvedas cada día; pero el Mercado del siglo XXI, completamente modernizado, está enlazado por Internet y envía los pedidos a domicilio como cualquier centro comercial. La cúpula, coronada por la monumental cotorra, es el símbolo de este centro comercial donde aromas y colores se dan cita con al habitual bullicio del mercado. Desde tiempos musulmanes, éste es el lugar del mercado mayor que se extendía por plazuelas y callejones, bajo toldos y tiendas desmontables. El edificio fue diseñado por Alejandro Soler March y Francisco Guardia Vidal y fue inaugurado en 1929. La cúpula central, de 30 metros, deja penetrar la luz del Mediterráneo; coronado por animales emblemáticos labrados en hierro forjado, el edificio es elegante y armonioso.  En esta encrucijada se accede también a la iglesia de los Santos Juanes, gótica por dentro y barroca en su elegante espadaña con reloj, imágenes y estatuas, que antes fue una mezquita. Enfrente del mercado está la Lonja de la Seda, bien cultural Patrimonio de la Humanidad. Fue construida  entre 1483 y 1498 por Pere Compte y Joan Ibarra; en ella sorprenden sus columnas helicoidales, que se abren como palmeras, y la inscripción en latín que rodea la sala para pedir a los comerciantes honradez sin usura. Los grandes ventanales calados, el fresco patio de los naranjos y el Salón del Consulado del Mar convierten al recinto en una verdadera joya del gótico civil europeo, dedicada al comercio de granos, seda y otras mercaderías. Allí funcionó el primer banco de la ciudad de Valencia, la Taula de Canvis.  
Todas las calles y plazas próximas al mercado están ocupadas por tiendas, bares y restaurantes de corte popular, donde el bullicio está garantizado de la mañana a la noche. Las calles del Trench y de los Derechos, de Ercilla y de las Mantas, de los Ramilletes y de las Calabazas tienen nombres que evocan las tiendas más humildes de la Valencia tradicional. Aún quedan platerías y librerías de viejo en una plaza, la de Lope de Vega, donde se asoma con un gran óculo la iglesia de Santa Catalina. Dos arquerías, recientemente destapadas, nos muestran el relleno con que se cegaron, entre ellas la cabeza de la estatua de un prelado. Esta es otra de las iglesias góticas valencianas que nacieron sobre mezquitas. La girola que rodea el altar mayor tiene la peculiaridad de ser única en la ciudad. Pero todavía llama más la atención la airosa torre barroca, símbolo de Valencia, que da sentido a la perspectiva de la calle de la Paz y que a través de una popular plaza, dominada por pastelerías y horchaterías, comunica con la plaza de la Reina. 
Desde esta plaza salen los circuitos de visita de la ciudad en coche de caballos. Y también parten las líneas del Bus Turístic. Son vehículos de doble piso, dotados de sonido individualizado, con ocho idiomas distintos, que permiten a los visitantes ir escuchando los comentarios durante el recorrido panorámico que realiza. El autobús hace un recorrido completo por el casco antiguo y la zona más cosmopolita. El viaje dura aproximadamente una hora y media y tiene cinco paradas. El servicio está disponible todos los días del año, con una frecuencia de paso que oscila de 30 a 45 minutos, según la temporada del año de que se trate.   
Es la Valencia que nació y creció en la primera mitad del siglo XX, la que ahora tiene más intensa vida comercial, financiera y administrativa. El tráfico intenso será una de las características de esta parte de la ciudad, especialmente durante los días laborables. Pero al mismo tiempo es la Valencia de todos los días, la ciudad convencional donde se muestra la vitalidad y el buen pulso de una urbe con energía. Iniciamos el recorrido por la plaza de Alfonso el Magnánimo, donde se levanta la estatua que la ciudad dedicó al rey fundador del Reino de Valencia, Jaime I. La calle de la Paz es la más elegante de la ciudad y una de las más armoniosas de España. Construida a caballo de los siglos XIX y XX presenta una suma de estilos eclécticos, afrancesados y modernistas. Miradores y torrecillas, cúpulas, vidrieras y balcones hacen de ella un compendio de equilibrio. Es conveniente detenerse ante los edificios modernistas que la adornan. Todo nos habla de la profundidad con que, al inicio del siglo XX, los arquitectos valencianos supieron absorber las nuevas tendencias.  
En el cruce de la calle de las Comedias podemos ver, en una esquina, la sede de la Sociedad Valenciana de Agricultura, que lleva siglo y medio de actividad continuada. A la derecha, hay una bella perspectiva de la torre de la Iglesia de la Congregación, que se asoma a la plaza de San Vicente Ferrer, popularmente llamada de Los Patos, por la fuente que la adorna. Desde allí parte la calle del Trinquete de Caballeros, elegante y festoneada de edificios religiosos como la iglesia de San Juan del Hospital, de trazas románicas. La calle del Mar discurre en paralelo a la de la Paz, y tiene interesantes palacios como el de los Valeriola.  
A la izquierda de la calle de la Paz encontraremos una plaza notable, la del Patriarca. Entre ella y la calle de las Comedias está el primitivo edificio de la Universidad neoclásico y austero, con un hermoso patio con arcadas que preside la estatua del filósofo valenciano Juan Luis Vives. El edificio, que ahora es centro cultural, alberga con frecuencia exposiciones temporales y en primavera es marco de conciertos. El Paraninfo universitario, del siglo XVIII, se usa para las mayores solemnidades académicas, en la apertura de curso. Asomado a esa misma plaza poblada de naranjos, encontramos el Colegio del Corpus Christi, que fundó al patriarca Juan de Ribera, santo que quiso formar aquí buenos sacerdotes.  El patio renacentista es elegante y debe visitarse junto con su iglesia. La valiosa colección de pintura religiosa que custodia es de excelente calidad. En las inmediaciones, la calle del Poeta Querol es conocida como La Milla de Oro Valenciana: las mejores marcas del lujo y la moda han competido por abrir aquí sus tiendas y compiten en la belleza de sus escaparates. 
En esa calle, el Palacio del Marqués de Dos Aguas, sede del Museo Nacional de Cerámica, llama constantemente la atención de los turistas.  Es un palacio del siglo XV que ha sido objeto de diversas modificaciones y ampliaciones. Lo que destaca por encima de otra cosa es la portada de alabastro diseñada por Hipólito Rovira y esculpida, ya en el XVIII según los cánones del rococó francés, por el escultor local Ignacio Vergara. En el interior, hay importantes colecciones cerámicas de todas las fábricas, con singular atención a las valencianas. La visita puede seguir por la Abadía de San Martín, otra de las parroquias de la ciudad clásica. Cruzado ese río de actividad que es la calle de San Vicente, podemos ver la tienda más antigua de la ciudad, la de Las Ollas, que desde 1792 está en activo. Ahora, lejos de su nombre de pila, vende pasamanería e imágenes religiosas.  
Desde ella se llega enseguida a la plaza Redonda, un recinto muy especial de la ciudad. Tiendas artesanas, pasamanerías, mercerías y populares puestos de venta de ropa dan al recinto un sabor clásico. Este coso comercial, con una fuente en el centro, ha sido pescadería y mercado de aves y también ha albergado, los domingos, un activo mercado de mascotas y coleccionismo.  Por la calle de San Vicente, de intensa vida comercial a todas horas del día, llegaremos en pocos minutos a la encrucijada con la avenida de María Cristina, que lleva al Mercado Central. Es atractiva, a la derecha, la calle de San Fernando. A la izquierda es preciso ver la plaza de Mariano Benlliure y el pasaje de Ripalda, una activa galería comercial en otros tiempos. 
Es la plaza central de la ciudad y a ella se asoman el Ateneo Mercantil, el teatro Rialto, Correos, la Telefónica, varias instituciones financieras y el Ayuntamiento mismo. Sorprende probablemente por su forma no regular, resultado de las reformas urbanísticas de los años treinta y de la traza que dejó el primitivo solar de un convento, el de San Francisco. También llama la atención la despejada llanura de su centro, que nunca se ha poblado de arboleda, como tuvo a principios de siglo, porque se reserva desde los años cuarenta para el disparo de la “mascletá”, una grandiosa sinfonía pirotécnica que reúne aquí a las multitudes en los días de fiesta fallera. El edificio del Ayuntamiento, además de la Alcaldía y el salón consistorial, guarda un elegante salón de fiestas al que se accede por una soberbia escalera de mármol. En el interior se muestra una valiosa colección histórica de la ciudad, que incluye la Senyera, el plano de Valencia que hizo en 1703 el padre Tosca y numerosos recuerdos de Jaime I y de los tiempos forales de la ciudad.  
Desde la plaza del Ayuntamiento podemos seguir por la calle de la Sangre hacia la calle de San Vicente y la antigua avenida del Oeste (Av. Barón de Cárcer), que a lo largo del día hierven de actividad mercantil. En el lado opuesto, la calle de las Barcas, que ofrece la colorista perspectiva del edificio del Banco de Valencia, permite llegar al Teatro Principal y explorar, a su derecha, el nuevo barrio que a principios del siglo XX nació tras el derribo del llamado Barrio de Pescadores. El banco de España fue el polo de atracción de esa nueva zona de la ciudad, donde se asentaron numerosas entidades financieras, galerías comerciales, despachos de profesionales y restaurantes de intensa vida. La plaza del Ayuntamiento, desemboca a través de la avenida del marqués de Sotelo, fuera del ámbito de la vieja muralla,  con las calles de Ruzafa y Ribera, que van a dar a la Plaza de Toros y a la Estación del Norte. Esta última es una de las grandes obras modernistas de Valencia; fue proyectada en el año 1906 por el arquitecto Demetrio Ribes y el ingeniero Enrique Grasset, según el estilo vienés de la escuela sezessionista.  Son admirables sus mosaicos, con motivos ferroviarios y viajeros; en el vestíbulo, recortados sobre un zócalo de madera, hay lemas, hechos con mosaicos, que desean buen viaje en diferentes idiomas. En cuando a la plaza de toros, que cumple más de 150 años, es de corte neoclásico y toda de ladrillo pardo salvo en sus balaustradas blancas. Cuando se construyó fuera de la muralla, hacia 1860, era el coso taurino más grande de España.  
Una de las recomendaciones del Plan de Ordenación de Valencia que se configuró en los años sesenta recomendaba que el crecimiento de la ciudad se hiciera hacia las tierras de secano del oeste con el fin de proteger, en la medida de lo posible, las huertas del norte y el sur. La sugerencia se cumplió relativamente, aunque los ejes del oeste y el noroeste fueron, en efecto, grandes núcleos de expansión en las décadas siguientes. La salida de la ciudad hacia Madrid, la avenida del Cid, que también conduce al aeropuerto, fue sin duda un polo de crecimiento urbano, de carácter industrial en el extrarradio. Algo más tardíamente, la ciudad creció siguiendo la carretera, luego autovía, que conduce hacia Llíria y el enclave valenciano de Ademuz, situado entre Teruel y Cuenca. El crecimiento de esta parte de la ciudad, en lo que se llama avenida de las Cortes Valencianas, está festoneado de centros comerciales y edificios residenciales y, en la primera década del siglo, ha sido objeto de una expansión paralela a la de las inmediaciones de la Ciudad de las Ciencias. 
El gran aliciente, aquí, ha sido el Palacio de Congresos, nacido del tablero del arquitecto sir Norman Foster. Elegante, sencillo, de eficaz distribución, es sede de una institución que desde el año 1998 está dando altos rendimientos a la ciudad en lo que se refiere a su atracción de viajeros y turistas.  Con la agenda siempre llena, el Palacio de Congresos ha liderado el crecimiento de un barrio donde abundan los hoteles y los despachos de empresas y profesionales.  En una de las rotondas se ha situado la espectacular escultura de la Dama Ibérica, una evocación de la Dama de Elche debida a Manolo Valdés y realizada con piezas cerámicas de color azul cobalto. Al lado se levanta el nuevo estadio del Valencia Club de Fútbol. Diseñado con los mayores adelantos de la especialidad, tendrá palcos privados, estacionamiento propio y los más modernos avances de la tecnología, que permitirán incluso la transformación del terreno de juego para otros usos complementarios. Todo este crecimiento, que incluye atractivas zonas verdes en la zona, se hace posible gracias a una de las líneas principales del ferrocarril metropolitano, que discurre por la avenida. La red de Metro nació en Valencia en el año 1989, gracias a esta unión subterránea que enlazó las redes de ferrocarril de vía estrecha que la ciudad tenía para unirse a los pueblos del norte y del sur y oeste. Con otras líneas complementarias, la red de Metro valenciana, con más de 200 kilómetros de longitud, es ahora el más firme sostén de la movilidad de la ciudad. 
La Feria de Valencia, que en tiempos estuvo en la zona de la Alameda, fue traslada en los años sesenta al exterior, ubicándose en el barrio de Benimàmet, en esas recomendadas tierras de secano. Nació en 1917 y cumplió eficazmente su misión hasta que en los primeros años del siglo XXI ha sido notablemente reconstruida y ampliada. El conjunto dispone de más de 600.000 metros cuadrados construidos, de los cuales destina 230.000 netos a exposiciones. Dotado de estacionamiento cubierto para 7.000 vehículos, la Feria dispone de muelles de carga y de todos los servicios complementarios. Ello le permite gestionar la visita de más de un millón de personas al año y de realizar unos cuarenta certámenes distintos, de dimensión y vocación variable, al servicio de unos 10.000 expositores. Un moderno centro de eventos destaca del conjunto, cubierto por un gran esferoide de cristal.  Situado a cinco kilómetros del centro urbano de Valencia, y a otros tantos del aeropuerto, el recinto ferial está perfectamente comunicado con la red de carreteras a través de la autovía de circunvalación y de la autovía de Llíria. En las inmediaciones de la Feria se encuentra el velódromo Luis Puig, que con frecuencia se adapta para otro tipo de celebraciones deportivas o musicales que requieren un gran aforo. Una línea especial de tranvía comunica las dos instituciones, y el amplio barrio que lo circunda, con el centro de la ciudad y la red general de Metro. Aparte las nuevas construcciones, en bloques o en adosados, en las inmediaciones permanecen la antigua población de Benimàmet y Las Carolinas. En ellas abundan las casas sencillas, de arquitectura popular, simultaneada con alguna interesante villa de veraneo de principios de siglo XX. 
Entre la ronda y la vía ferroviaria de Barcelona, que discurría por lo que ahora es la Gran Vía del Reino de Valencia, nació un barrio de nueva planta, de calles en cuadrícula, donde la ciudad quiso reflejar, en los últimos años del siglo XIX y los primeros compases del XX, su capacidad de asimilación de los estilos modernos.  El resultado fue un elegante barrio, razonablemente respetado con el paso del tiempo. Un siglo después, los detalles en las fachadas, el estilo de ventanas y balcones, el afrancesamiento de techumbres, cúpulas y mansardas nos hablan de un tiempo de buen gusto en un conjunto de calles donde el Mercado de Colón reina imponente con su calidad decorativa. Se construyó según proyecto del arquitecto Francisco Mora y fue inaugurado en la Navidad de 1916. Vegetales, frutas, hortalizas y animales de corral, los alimentos diarios del mercado cobran vida decorativa en los frisos a través de elegantes aplicaciones cerámicas que entroncan los ecos del modernismo barcelonés con los modelos locales, coronado siempre por el escudo de la ciudad. 
No obstante, con el paso del tiempo, el Mercado de Colón cayó en deterioro y en desuso hasta quedar al borde de la extinción como negocio. Fue entonces cuando el Ayuntamiento emprendió el proyecto de restaurarlo y reconvertirlo en centro comercial, al estilo del Covent Garden londinense. Una  importante obra que no sólo rescató los deterioros del paso del tiempo sino que dotó al centro de un sótano comercial y de un importante estacionamiento subterráneo. El resultado fue un agradable lugar de terrazas, apto para aperitivos y esparcimiento, que desde la primavera del año 2003 se ha integrado en la vida de la ciudad con notable éxito durante todo el año. Con esta reforma y adaptación, Valencia ha descubierto no sólo un nuevo centro comercial, sino un elemento de atracción turística añadido. La presencia de turistas es creciente al ritmo que las guías y los propios viajeros recomiendan el encanto de este agradable espacio que la ciudad ha sabido recuperar para la convivencia. Pero  el Mercado de Colón no es sino el centro de un barrio donde los ejemplos modernistas, o de esa arquitectura ecléctica que se prodigó al final del siglo XIX, fue dominante: todo el barrio llamado del Ensanche está lleno de ejemplos atractivos que han resistido el paso del tiempo y ahora se enorgullecen al albergar comercios que configuran un elegante barrio comercial, siempre lleno de vida. 
La Exposición Regional de 1909 fue un proyecto dinamizador que trajo a Valencia la mejor escultura que se hacía en España y en Europa. Es así como, junto con otros maestros, en este barrio encontramos obras notables de los principales arquitectos de la Exposición. Además de Francisco Mora, que hizo el Palacio Municipal en aquel certamen, se pueden encontrar obras de Ramón Lucini en Gran Vía Marqués del Turia 59, y Félix Pizcueta 23; Vicente Ferrer, otro arquitecto valenciano del momento, es el autor de la preciosa Casa de las Naranjas, situada en Cirilo Amorós 39. Francisco Almenar, por su parte, construyó la parroquia de San Juan y San Vicente, la basílica de San Vicente Ferrer y la casa de Matías Romero en el número 48 de Cirilo Amorós. Finalmente hay obras de Carlos Carbonell en Cirilo Amorós 74, Jorge Juan 19, y Gran Vía Marqués del Turia 65. Éste es un barrio con personalidad propia en el que han tomado asiento los más modernos restaurantes y docenas de locales de copas y tertulia nocturna. Basta pasear con los ojos y la sensibilidad despierta para descubrir una arquitectura elegante y creativa, cuajada de detalles interesantes. Basta venir a la zona al atardecer para encontrar el encanto especial de sus locales. La Gran Vía, la arteria principal del Ensanche, recibió el nombre del Marqués del Turia en recuerdo de Tomás Trenor, el promotor de aquella Exposición de 1909 que tanto ayudó al cambio de Valencia.  Dotado de generoso arbolado, poblado de terrazas en verano, el bulevar, que igual se puebla con las casetas de la Feria del Libro Antiguo como con grandes esculturas al aire libre, rinde homenaje a través de estatuas al labrador valenciano, al periodista y poeta Teodoro Llorente y al marqués de Campo, que trajo a la ciudad el gas, el ferrocarril y estimuló el comercio portuario y la atención educativa a los niños sin hogar. El monumento, modelado por el valenciano Mariano Benlliure, ocupa la glorieta elíptica de Cánovas del Castillo, de elegante arquitectura y eterna animación nocturna. 
Más allá de la Gran Vía, en la zona que continúa hasta la avenida del Reino de Valencia, se extiende el llamado Segundo Ensanche. Es más tardío, se desarrolló a lo largo de los años veinte y treinta y tiene otros modelos arquitectónicos, igualmente llenos de encanto y de detalles de calidad. El monumento al maestro Serrano, autor de la música del Himno Regional, y la Escuela de Artesanos, donde estudiaron algunos de los más gloriosos artistas locales, son las referencias públicas más relevantes. El Ensanche, con otros estilos, continuará por el sur, para envolver al viejo poblado independiente de Russafa, famoso desde los tiempos musulmanes. La ciudad, en Russafa, respira otras esencias y ahonda en las raíces de un antiguo enclave urbano de la huerta, poblado de frondosas alquerías musulmanas, que tuvo personalidad y alcaldía propias;  y que profesó en su parroquia una especial devoción a San Valero. Popular y vitalista, acogedora y comercial, Russafa vive alrededor de su mercado y cultiva una personalidad propia que ahora ha sabido unirse a una importante presencia de inmigrantes. Ninguno de ellos se extrañará de que un poeta nacido aquí en el siglo XI, Ibn Al-Abbar, cantara con nostalgia a su ciudad: "Nadie siente más añoranza que yo  por una vida que pasó entre la Russafa y el Puente...".  "¡Oh jardín de la Russafa!  Yo no quiero más jardín que tú.  Jardín donde los árboles en espesos boscajes,  parecen seres humanos, jóvenes y viejos  que llevan sus cabezas cubiertas con  coronas de rocío". 
Pero hay una tercera, incluso más importante: Valencia es una de las pocas grandes ciudades del mundo, y desde luego la única gran capital española, que tiene en su término municipal un parque natural protegido. La Albufera, el gran  lago de agua dulce de la ciudad, tiene casi el mismo tamaño que la ciudad consolidada, unas 2.800 hectáreas. El lago viene a ocupar la extensión comprendida por la ronda exterior de bulevares, desde San Marcelino a Torrefiel y desde el Cabanyal a Campanar. La superficie del término municipal de Valencia es de 13.465 hectáreas y el Parque Natural de la Albufera ocupa 5.880 de esas hectáreas. De ellas, 2.837 son las bañadas por el lago, 850 las que ocupa el monte de la Devesa y unas 1.890 hectáreas son de marjalería y cultivos. Es decir, que Valencia tiene el 43,6 % de su término municipal ocupado por un parque natural. La quinta parte del suelo propiedad de la ciudad es lago. 
Desde el año 1986 está en vigor la ley autonómica que declaró parque protegido el conjunto de la Albufera y la Devesa del Saler, que es la barra arenosa que separa el lago de agua dulce del mar. Estamos, pues, ante un parque natural que fue de la Corona hasta su cesión a la ciudad a principios del siglo XX  y que se extiende sobre un humedal de algo más de 21.000 hectáreas, de gran valor paisajístico y medioambiental.  Se extiende desde la desembocadura del río Turia, en Pinedo, hasta las estribaciones de la montaña de Cullera, que es ya dominio del río Xúquer. Y son estos dos ríos los que, con donaciones, acequias y escorrentías configuran un humedal que históricamente fue mucho más extenso, como se comprueba consultando mapas antiguos. 
La Devesa del Saler, una propiedad municipal de 850 hectáreas, es una franja de tierra tan larga como el viejo cauce del Turia urbano pero notablemente más ancha. La urbanización de esa barra arenosa fue objeto de intensa polémica en los años setenta hasta que la ciudad tomó conciencia de su valor y paralizó un proyecto de utilización intensiva muy extremo. El resultado ha sido la permanencia de lo construido hasta entonces. Entre esas instalaciones estaban dos hoteles, uno de ellos el Parador de Turismo del Saler, anexo a un importante campo de golf público de 18 hoyos.  Diseñado por Javier Arana, el campo funciona desde hace más de 40 años a la perfección y ha creado entre los aficionados numerosos de adeptos. Por sus prestaciones, por su calidad, y por el paisaje marino que desde él se divisa, El Saler es considerado como uno de los mejores campos de España y Europa. La barra de arena, poblada de pinares mediterráneos, tiene dos canales (golas) que comunican el lago de agua dulce con el mar.  La apertura o cierre de las compuertas de esos canales permite vaciar o llenar el lago, que tiene escaso calado y aumenta su superficie. La extensión de las aguas sobre la llanura del parque es la que permite el cultivo del arroz, indisolublemente unido al lago y el parque.  El lago, que también tiene bajo sus aguas manantiales de agua dulce (ullals) se alimenta de aportaciones de las acequias; con todo, en los últimos años su principal aporte de agua dulce es la procedente de la gran depuradora de aguas de la ciudad que recicla y reaprovecha para regadíos notables caudales cada hora. 
Sometido a normas estrictas, todo el uso que se hace de los bienes naturales del parque es juicioso y está regulado por las autoridades, que respetan algunas tradiciones ancestrales. De ese modo, en el lago hay pesquerías de anguilas, tencas y llisas, que siguen usando procedimientos artesanales. También hay esporádicas sesiones de caza. Con todo, el control ha hecho que la contaminación en el lago, que fue alarmante en los años ochenta, haya descendido notablemente. La repercusión de la vigilancia y la calidad de las aguas y parajes sobre el aumento de las aves migratorias ha sido directa y clara: han regresado especies que antiguamente eran abundantes y se nota una revitalización de la flora y la fauna en todo el parque. La reconstrucción de la cadena dunar en la barra arenosa de El Saler también ha contribuido a la mejora del parque. El parque es visitable pero se deben cumplir normas de alto respeto al medio ambiente: se circulará por los lugares recomendados, que son muchas veces pistas forestales, y en muchos parajes se preferirá la bicicleta al automóvil y será recomendable caminar. Una estrecha carretera, en la que hay que ser prudente cuando se cruzan los puentes, permite llegar al poblado del Palmar, que antiguamente fue una aldea asentada en una isla dentro del lago.  Es el escenario de la famosa novela La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez, dramática y costumbrista. En estos parajes ha sido llevada la historia al cine en un par de ocasiones. 
El visitante podrá reconstruir los escenarios de la novela y pasear en los mismos tipos de barca plana que se han usado siempre para moverse por l’Albufera, entre carrizos y matas. No se usa motor en estas aguas: las barcas se impulsan bien mediante velas latinas o “perchando”: para conseguir impulso, el navegante, mejor que remos, usa pértigas que hinca en el cieno del fondo como hacen los gondoleros venecianos en su laguna. El viajero no debe dejar de ver una puesta de sol en el horizonte de tierra adentro, desde el mirador del lago. Los reflejos del sol poniente sobre las quietas aguas son ideales para los recuerdos fotográficos: postes, cañas, artefactos de pesca y aves forman un paisaje difícil de olvidar mientras el sol es tragado por el horizonte. Cualquier época del año es buena para disfrutar del parque natural. Si en invierno es atrayente una laguna inundada en su máxima extensión, en primavera y verano es un gozo para los sentidos sumergirse en una intensa mancha verde de arrozales en germinación. Es un paisaje para recorrer a pie o en bicicleta mejor que en coche. Los caminos discurren en paralelo a acequias serenas y hondas. Los aromas del barro y las labores agrícolas son intensos; minúsculas casitas, construcciones para los motores de bombeo de agua salpican el paisaje verde de blanco. Una carretera costera puede llevar sin prisas hacia la cadena de urbanizaciones que festonean la costa hasta Cullera. Apartamentos y urbanizaciones llevan por El Perellonet, El Perelló y el Mareny hasta las playas del término de Sueca. En el interior, el lago de l’Albufera sigue presidiendo el paisaje. 
El liderazgo cultural de Valencia se manifiesta por diversas vías. Pero, a modo de resumen, hay que señalar que la ciudad dispone de treinta y cinco museos y salas de exposiciones, dos grandes auditorios musicales multifuncionales, ocho teatros de programación estable y una red de una treintena de bibliotecas municipales públicas. Por otra parte, hay al menos cinco instituciones privadas que ofrecen a sus socios una activa vida cultural en la que no es complicado participar. 
Valencia tiene museos para todas las aspiraciones y sensibilidades. Desde las grandes colecciones de pintura clásica a las vanguardias contemporáneas, desde la Ilustración a la Semana Santa, desde los Benlliure a Concha Piquer, las artes y las ciencias tienen en la ciudad una dedicación museística.  
La “Marcha burlesca”, de Manuel Palau; el “Concierto de Aranjuez”, de Joaquín Rodrigo, y “La vida breve”, de Manuel de Falla fueron las tres partituras que por vez primera se escucharon en el Palau de la Música, en la noche inaugural de 25 de abril de 1987. Tras años de espera, Valencia alcanzó una sala de conciertos específica para una Orquesta Municipal que había sido fundada en los años cuarenta. El edificio, debido al arquitecto García de Paredes, fue el primer aldabonazo de cambio en una ciudad con impulso recobrado. A partir de él, paso por paso, la ciudad fue transformándose, en buena medida en la dirección urbanística del mar que la instalación del auditorio señalaba. Ampliado en los primeros años del siglo XXI,  el Palau de la Música  lleva dando la mejor música durante más de veinte años de servicio infatigable. Hasta el punto de haber transformado la tradición musical valenciana, enriquecida con nuevos aficionados y una más culta formación. 
En 2006, de forma paulatina, comenzó a funcionar el Palau de les Arts Reina Sofía, baluarte cultural de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. El sustrato de aficionados creado por el Palau de la Música se extendió y completó poderosamente, y dio un salto cualitativo ahora al mundo de la ópera. Con sus cuatro salas, el Palau de Les Arts es una poderosísima herramienta cultural preparada para dar ciclos de ópera con espectaculares montajes como ha venido haciendo en sus tres últimas temporadas. El buen aficionado, de ese modo, siempre va a encontrar espectáculos musicales de calidad, líricos o sinfónicos, en los dos grandes auditorios de la ciudad. Junto a las programaciones convencionales de temporada, además, será frecuente encontrar ciclos especiales de música de jazz, de flamenco y ballet, o ciclos dedicados a cualquier especialidad o autor que esté siendo evocado en el curso de una efeméride. 
Valencia tiene una completa red de salas de teatro donde se ofrece, a lo largo del año, una gama de espectáculos que van desde el clasicismo a la modernidad. Hay salas convencionales, de carácter público y de empresa privada, pero abundan también las salas de concepción alternativa donde se experimenta con otros modelos de espectáculo.  Por otra parte, Valencia es generosa en salas dedicadas a la música en directo y en locales donde se ofrecen esporádicas actuaciones de Club de la Comedia o café-teatro. Otras dan con frecuencia programaciones de música de jazz o de flamenco. Los espectáculos de calidad, pues, están garantizados en Valencia: para todos lo gustos y bolsillos, para todas las sensibilidades y preferencias. 
Todos los gustos, todas las preferencias para el tiempo libre y el ocio, todas las exigencias del paladar están presentes en esta ciudad cosmopolita, que ha sabido aunar tradición y modernidad. A través de cuatro escenarios de actividad  —la Mesa, la Noche, el Ocio y las Escapadas— intentaremos ahora sintetizar las más notables posibilidades que se ofrecen al viajero en la ciudad de Valencia y sus alrededores. Para sugerir, dentro de una gama muy amplia, que en esta ciudad moderna e innovadora que ha apostado por el cambio, es fácil encontrar lo más novedoso y sofisticado, lo más intenso también, sean cuales sean las preferencias del viajero. Si en el centro histórico Valencia conserva todavía la estructura comercial que le dio fama en el pasado con múltiples tiendas especializadas, en los barrios de la periferia y del ensanche han proliferado los centros comerciales de corte moderno, con grandes superficies comerciales, generalistas y de alimentación. En el centro de la ciudad, además, el viajero podrá encontrar las tiendas de las mejores marcas europeas de alta gama y lujo, reunidas en calles donde predomina la selección de la más alta calidad. 
Arroz y naranjas. Y el reino de la paella, el plato universal que media humanidad conoce e identifica con nuestras gentes y nuestro paisaje humano. Pero hay más, mucho más que la paella en la gastronomía valenciana. Para empezar hay una cocina antigua y mediterránea, extensa y variada, que desborda el territorio del arroz. Como hay una notable nómina de cocineros que han querido cambiar conceptos o sacar de las recetas antiguas nuevas experiencias y sabores. El viajero aceptará enseguida que Valencia es una tierra de contrastes: con una gama variada de cocinas y con actitudes diversas ante el valor de la innovación. Está el mar y está la montaña. Está el pasado y el futuro. Y todas esas formas de ver la gastronomía se cruzan y combinan en la ciudad. 
En Alicante, como en Castellón también, debemos hablar de magníficos arroces. Pero en Valencia, aunque se guisa toda la gama de arroces, melosos, caldosos y secos, tanto de carne como de pescado o de verduras viudas, lo que procede es hablar de la paella valenciana. Que si tiene un lugar claramente identificable en el planeta ha de estar en esta provincia, en el entorno huertano de la ciudad. Hablamos de  la paella valenciana, convencional y definida por la tradición: la que se guisa con leña, a ser posible de naranjo, y condimenta arroz con pollo, conejo y caracoles; la paella que asocia tres verduras peculiares, tabella, garrofó y ferradura, y que rehúye otros misterios, aditamentos o componentes, salvo una ramita de romero si se guisa en una zona de montaña. 
Para un valenciano de  Valencia, todo lo demás ya no es paella. Son maravillosos, exquisitos arroces –de pescado, del senyoret, de marisco, de verduras, de bacalao, de coliflor, salmonetes, bogavante, langosta y un etcétera interminable– pero que ya no debería ser llamado paella porque el valenciano dice, con todo respeto, que ya se habla de otra cosa. También ocurre en Valencia que el vecino no sabe recomendar un lugar donde comer la paella perfecta. Entre otras razones porque en Valencia la paella se puede convertir en un guiso casi sinfónico, compuesto de tonos, coloraturas y matices y una orquesta puede estar hoy mejor que ayer aunque interprete idéntica partitura. “La mejor –se ha dicho siempre– es la paella que guisa en cada familia la madre o el padre”. Porque se debe saber que éste es el único plato que miles de hombres de esta tierra saben hacer, e incluso el único en el que desplazan a la mujer de los fogones porque han adquirido maestría. El pater familias, que oficia la ceremonia de la paella, es un espectáculo que el viajero debería poder disfrutar alguna vez. Porque, más allá del ejercicio de guisar y comer un plato, el asunto se convierte en un ritual festivo cuando se prepara y guisa en comunidad, cuando se sirve en el centro de una mesa y se comparte en comandita, tomando todos del caldero colectivo, llamado también paella. 
De todos modos, en los fogones de Valencia no hay grandes ocasiones de polémica. En contraste, pero sin pugna, en la cocina de la ciudad de Valencia, que viene a resumir la de toda la Comunitat Valenciana, vamos a poder disponer de tradición y de evolución. Hay restaurantes que han escalado puestos de honor en las guías gastronómicas más exigentes y hay otros que persiguen el honrado trabajo de los fogones y la sonrisa de un cliente satisfecho.  En Valencia, en todo caso, será posible reunir mundos tan diversos como el de las carnes y los pescados, el de la costa y el de tierra adentro. Del mismo modo, encontraremos el lugar ideal para los almuerzos de negocios y los sitios donde se practican menos prisas. Contraste y variedad serán las clases de la gastronomía valenciana. Si la innovación culinaria se ha extendido en los últimos años con intensidad, su crecimiento se ha producido siempre con una mirada comprensiva, cargada de admiración también, hacia quienes ejercían el magisterio en ámbitos familiares o de proyección casi doméstica. Tampoco hay discrepancia a la hora de establecer el criterio de que el buen producto es siempre lo principal. Los alimentos más sencillos, presentados de la forma más natural, son un valor seguro: buenos pescados, excelentes verduras, carnes selectas y un tratamiento respetuoso del producto configuran un estilo de cocina, siempre lleno de afecto, que va a dar como resultado la cocina mediterránea eterna y también los más exigentes frutos de la innovación.  
Valencia, una ciudad mediterránea y abierta, tiene mucho que ofrecer en el campo de las tapas. Lo descubrimos paseando por la zona del Mercado Central y por otros muchos ámbitos urbanos donde los bares populares siguen cultivando el arte de la tapa. Últimamente han llegado marcas especializadas que se han unido a la sinfonía de matices de esta cocina que parece casual e improvisada: las bodegas del distrito marítimo, las que todavía quedan en lugares de tránsito –Russafa, el centro histórico, Abastos– nos van a facilitar una forma de comer a la valenciana –“de picoteo”– que tiene miles de adeptos. En el campo de los postres y la repostería, el viajero encontrará, en la ciudad de Valencia, las mismas contraposiciones que se dan en toda la geografía regional. La ciudad, atenta a lo que se hace tierra adentro, asimila con facilidad y lo sirve en la forma convencional o con las elaboraciones de la nueva cocina más exigente. Los perfumes y recuerdos musulmanes están aún más vivos en los postres y dulces que en los platos. En Valencia hay una riquísima tradición repostera, ligada a un producto tan propio como la almendra. Esta es una tierra de heladeros y reposteros, y todos los restaurantes valencianos han sabido servir magníficos chocolates desde hace tiempo. En esa línea, la moderna restauración sigue buscando el modo de sorprender al paladar más exigente. 
Los vinos valencianos, en las últimas décadas, han hecho el camino de la calidad y han ganado justa fama en España, en Europa y en el resto del mundo. Blancos, tintos y rosados han ganado mercados y son capaces de ofrecer una gran variedad.  A partir de una tradición que en el siglo XIX dio grandes rendimientos en cantidad de producción, se trabaja ahora sobre unos niveles de calidad altamente estimables y reconocidos. Por esa razón, sin que falten vinos de todas las procedencias, en los últimos años, entre los comensales valencianos, se ha extendido la costumbre de acompañar con vinos valencianos los platos de la tierra. La D.O. Alicante es una de las más antiguas de España, dato que señala la importancia histórica de sus vinos. Los vinos de Alicante son unos de los de mayor potencial en todo el arco mediterráneo y han experimentado un cambio considerable.  Con la variedad monastrell se elaboran tintos muy diferentes a los convencionales. Junto a ellos, los famosos moscateles de Alicante, vinos de carácter mediterráneo, de suaves fragancias y sabores, que recuerdan al mar en sus versiones de vinos dulces, secos o en los novedosos espumosos.  Tierra y clima hacen de la D. O. Utiel-Requena una de las más interesantes de España en el momento presente. Los vinos rosados jóvenes de bobal – apetitosos y frescos– y los elegantes crianzas, reservas y grandes reservas destacan. En la zona, más de 7.000 familias dedicadas a la vitivinicultura aportan lo mejor de su quehacer a un centenar de bodegas donde el espíritu de transformación está dando grandes resultados  El reconocimiento de la calidad de los vinos de la D. O. Valencia dentro del panorama vitivinícola mundial es ya una realidad que viene avalada con la obtención de prestigiosos galardones en certámenes internacionales. Más de 17.000 hectáreas de viñedo se reparten en cuatro subzonas de producción: Alto Turia, Clariano, Valentino y Moscatel. En los últimos años, la apuesta de las bodegas y cooperativas amparadas bajo esta denominación por la producción de vinos de alta gama ha incrementado la demanda de crianzas, reservas y grandes reservas, respondiendo así a la actual demanda del mercado. 
Valencia Cuina Oberta-Restaurant Week es una atractiva idea que en 2009 se ha puesto en marcha en Valencia, gracias a la iniciativa de Turismo Valencia y la Federación de Hostelería de la ciudad. Su finalidad ha sido la de brindar a los clientes, de forma conjunta, la mejor relación entre calidad y precio, con la idea de dar más alicientes al turismo en la ciudad. El resultado final es una ruta por toda la ciudad que incluye algunos de los mejores restaurantes de Valencia, todos de calidad y nivel reconocido, que han decidido poner en común, al servicio del público, sus ideas y sus iniciativas. En ocasiones, este grupo de restaurantes ofrece precios especialmente estudiados para los clientes, tanto en menús de mediodía como de noche. El hecho de que se hayan unido para promocionar un proyecto indica que el cliente puede conocer las mil variedades y combinaciones de menús que la ruta ciudadana ofrece. La lista es tan completa que permite tener un restaurante del grupo en cualquier parte de la ciudad. La relación íntegra y las iniciativas de cada momento se pueden consultar por internet, donde además funciona un sistema de reservas. 
Desde hace siglos, la horchata es el refresco valenciano más popular y saludable.  Es el zumo de la chufa, un tubérculo traído de Egipto o Sudán en la época árabe y cuyo cultivo es muy visible en los campos de la huerta situada al norte de la ciudad de Valencia. Si el viajero visita esta comarca no debe dejar pasar la oportunidad de acercarse hasta el mismo municipio de Alboraya y probar su horchata y sus fartons. Con todo, en cualquier heladería o puesto de refrescos encontrará el viajero horchata, bien líquida, muy fría o granizada. 
Así, la noche de una Valencia sin sueño es una de las experiencias más gratificantes en una ciudad que ofrece al visitante un amplio abanico de locales y ambientes donde la diversión está garantizada.  Al caer la noche, especialmente en verano, terrazas y restaurantes se llenan de gente dispuesta a disfrutar sin horas al ritmo de su música preferida, tanto en la zona próxima a la playa como en la ciudad. Bares, discotecas, locales de ocio, pubs y tabernas parecen sucederse en no pocos barrios de la ciudad.  En cualquier época del año el visitante encontrará un amplio abanico de locales, muy animados unos, más tranquilos otros, donde todos los gustos y sensibilidades van a tener acomodo. Esas zonas de mayor intensidad  nocturna hay que buscarlas, en primer lugar, en Ciutat Vella. En el centro histórico, el barrio del Carmen es el principal dinamizador, con multitud de pequeños locales de ocio. El barrio, que durante los años de la transición fue el refugio de la progresía y la bohemia local, sigue teniendo una justa fama de ambiente alternativo y gancho atractivo para los noctámbulos de toda edad y condición. La plaza del Negrito, no muy lejos, es otro núcleo de locales donde se da cita la juventud. Los pubs de aire irlandés tienen su público asiduo; en el centro histórico tienen su sede varios de ellos. En el Ensanche, alternando con bares y restaurantes, el viajero encontrará no pocos cafés que con frecuencia ofrecen música en directo, incluido el jazz. Las inmediaciones de la plaza de Cánovas, a uno y otro lado de la Gran Vía Marqués del Turia, con zonas de gran animación en la noche valenciana. Si la especialización es la característica de los lugares de esparcimiento de esta zona, también podremos encontrar locales con muy diferentes ambientes, para la música o para la conversación reposada. La playa, toda la zona de la Malvarrosa y el Cabanyal, tiene una actividad nocturna destacable, especialmente en la temporada de verano. También la avenida de Aragón, y la de Blasco Ibáñez muestran gran actividad en la noche valenciana. Las plazas de Xúquer y Honduras son bien conocidas por la juventud local. La Alameda dispone de atrayentes terrazas nocturnas. En la zona llamada de Extramurs, la calle Juan Llorens y todas las inmediaciones del antiguo mercado de Abastos, muestran gran animación nocturna. Los bares con karaokes han proliferado, junto a los locales de copas y las discotecas.  
El censo de instalaciones municipales deportivas está compuesto por más de 60 instalaciones deportivas, entre las que sobresalen 18 piscinas, entre cubiertas y descubiertas. El jardín del Turia, que recorre la ciudad entera de oeste a este, es el eje que cientos de deportistas usan a diario, en invierno y en verano, tanto para practicar paseo y footing como para el ciclismo. Si Valencia está especialmente indicada para la bicicleta, por ser muy llana, las posibilidades de tranquilidad que el río ofrece en un entorno seguro y natural son inmensas. En la ciudad funcionan diversas empresas de alquiler de bicicletas y hay instaladas docenas de kilómetros de carril especial para bicicletas. 
En los últimos años, sin embargo, Valencia ha emprendido un proceso de adaptación de edificios clásicos como centros deportivos, lo que ha dado como resultado la aparición de instalaciones de gran calidad, aptas incluso para la formación de deportistas de élite. Así ocurre con el Polideportivo La Petxina y con el de Abastos, donde gimnasios y piscinas ocupan el centro de la actividad. Pero el viajero que lo desee encontrará en Valencia instalaciones privadas y públicas para el tenis y el squash, para el baloncesto y el fútbol en todos sus formatos. A lo largo del año, por otra parte, el calendario de carreras pedestres de todo tipo, llenará de actividad todos los meses y alcanzará todos los distritos de la ciudad. El número de piscinas, entre privadas y públicas, infantiles y de adultos, supera las cincuenta; sin contar con que la mayor parte de los hoteles cuentan con una piscina disponible para sus clientes. 
El golf es un deporte de fácil práctica en Valencia. Si cerca de la ciudad hay tres campos en funcionamiento –El Bosque, Escorpión y Manises– en el propio término municipal, a pocos kilómetros del centro, está el campo de golf de El Saler, ubicado en el Parque Natural de la Albufera. No hay que olvidar, por otra parte, el deporte de la vela. En el puerto, la Marina Real Juan Carlos I alberga numerosos veleros. Junto al propio puerto se encuentra el centenario Club Náutico de Valencia, con instalaciones acreditadas y una intensa actividad de regatas y competiciones. 
La capacidad de la industria valenciana para ofrecer diseños de gran calidad está acreditada a través de la capacidad innata de los valencianos para desarrollar habilidades artesanas y un acusado sentido de la creatividad. Valencia ofrece al viajero la posibilidad de entrar en contacto con lo más innovador que se pueda encontrar en numerosos ámbitos como el textil, los muebles, el calzado, la cerámica y los objetos de consumo. Si en las ferias especializadas hay sobradas ocasiones para conocer las novedades de las empresas valencianas más vanguardistas, el simple contacto con la ciudad dará oportunidades para que el viajero tenga a su alcance lo último de la creatividad de la tierra. Las tiendas que en los últimos años compiten por ofrecer lo más interesante y avanzado se encuentran especialmente en campo de la moda y el vestido. Pero Valencia sorprenderá por su buen gusto a la hora de vestir la casa y la mesa y de dar un toque atractivo a un ambiente de trabajo o del hogar. 
Docenas de instalaciones han venido a ocupar en Valencia una creciente demanda de balnearios y otro tipo de servicios que fundan su actividad en las virtudes terapéuticas del agua.  Los hoteles de lujo ofrecen sus propias instalaciones de hidromasaje, jacuzzis y piscinas, pero otras instalaciones privadas han surgido en los últimos años, algunas de ellas combinadas con gimnasios. De ese modo, hay un sinfín de oportunidades de seguir tratamientos de salud y belleza completos en Valencia. Las aguas termales naturales que surgen en Valencia, en la zona que en el año 1909 fue marco de la Exposición Regional,  son reconducidas a escasa distancia, al Asilo de Lactancia, donde funciona desde hace años un balneario. Especialmente cualificadas por su calidad termal, estas aguas se completan con otros muchos tratamientos de hidromasaje hasta dar un completo servicio al más exigente. 
Valencia presenta una gama de tiendas especializadas que hará las delicias de los que gustan de emplear un tiempo en ver escaparates y buscar la calidad en los objetos. La gama que encontrará el viajero abarca todas las posibilidades: si en la plaza del Patriarca y en las calles de Marqués de Dos Aguas y Poeta Querol, la llamada Milla de Oro Valenciana, se concentran las tiendas de las grandes marcas de lujo, en el Ensanche modernista será frecuente encontrar tiendas de alto nivel en calzados, complementos y diseño de vestidos. Valencia tiene no menos de una docena de grandes centros comerciales de calidad, bien bajo la fórmula de grandes superficies o como espacios multitiendas. En las zonas urbanas de D. Juan de Austria, Colón o Jorge Juan, la ciudad tiene una intensa vida comercial. Esa abundancia de centros comerciales hace de Valencia una ciudad que permite disfrutar de las compras. Todo tipo de comercios, desde los más populares a los de alto nivel, ofrecen no sólo un abanico sorprendente de necesidades cubiertas sino una enorme posibilidad de encontrar oportunidades. Los tiendas artesanas, las dedicadas a souvenirs, las de cerámica y objetos con gracioso diseño, abundan en la ciudad, principalmente en el centro histórico. 
En ese sentido, el entorno más inmediato a Valencia, que es la huerta y el Parque Natural de la Albufera, debe ser visitado. Al norte y al sur de la ciudad se extiende la Huerta, intensamente poblada y atravesada por grandes infraestructuras de comunicaciones. La franja costera de toda la provincia de Valencia es de intensa vocación agrícola; pero esa actividad se ha ido desplazando hacia el interior, si el clima y la altura lo permiten, en función del desarrollo urbano. Valencia se asienta sobre la extensa llanura de L’Horta, que está cerrada por las sierras Perenchiza, al oeste y la Calderona al norte. En ese espacio, cualquier excursión es interesante, bien sea para contemplar la llanura verde desde las alturas bien para descubrir encantadores pueblos agrícolas, donde la vida adquiere otro ritmo, aunque buena parte del territorio ha sido ocupado por urbanizaciones destinadas a quienes han dejado la ciudad y han buscado el campo.  
Por la orilla del mar, hacia el norte, encontraremos El Puig, famoso por su monasterio, con recuerdos de la conquista por Jaime I. No muy lejos, en la huerta valenciana, podemos ver la antigua cartuja de Ara Christi. Estamos ya cerca de Sagunto, que es reconocible por su enorme fortaleza en la cumbre y las notables ruinas romanas, además de por su barrio judío. La comarca lindante entre Castellón y Valencia nos ofrece playas de calidad y un paisaje agrícola de gran belleza. Desde Valencia, seguir la orilla del mar hacia el sur nos llevará al parque natural de la Albufera y después a las comarcas del tramo final del río Xúquer, de intensa vocación naranjera. Cullera está en la desembocadura del río, pero en el interior Alzira y Carcaixent, Sueca, Alginet y Algemesi muestran el sabor auténtico de las antiguas ciudades agrícolas valencianas. 
El Valle de la Murta es espléndido. Y la Valldigna es un verdadero paraíso en el que el monasterio del mismo nombre debe conocerse  y, recuperado del abandono, deja ver su antiguo esplendor. Más al sur, Gandia es el centro de una hermosa comarca de playas doradas, llena de atractivos. De ellos destaca el palacio ducal de los Borja y, en sus alrededores, el monasterio de Sant Jeroni de Cotalba. 
También en el interior de la provincia, puede el viajero explorar el noroeste. Benisanó tiene un interesante castillo donde estuvo preso el rey Francisco I de Francia. Llíria, de resonancias históricas íberas y romanas, es una ciudad interesante. Desde ahí, el viajero debe adentrase, por el valle del río Turia que asciende por tierras ásperas pero muy bellas, hasta el Rincón de Ademuz, un enclave montañoso de Valencia entre Teruel y Cuenca. 
Profundizar más en la provincia de Valencia es descubrir nuevos horizontes llenos de interés y bellezas. Xàtiva debe ser conocida por su historia, por su castillo y por sus monumentos. Desde allí, es fácil llegar a Albaida y Ontinyent, grandes poblaciones industriales valencianas. O adentrarse en el valle de Moixent y Les Alcusses, famosos por sus frutales y viñedos: un paisaje magnífico llamado “La Toscana valenciana”. Quedan, entre otros parajes valencianos, Requena y Utiel, que son capitales de las comarcas vinícolas valencianas. El paisaje se va haciendo aquí montañoso y evoca Castilla, aunque los viñedos dan vida y actividad a una zona de interés histórico. Solamente visitar las bodegas subterráneas de la ciudad de Requena y su centro histórico ya merece realizar el viaje. 
Es probable que de noche, durante su estancia en Valencia, usted pueda ver, sobre el horizonte, el disparo de fuegos artificiales. También es posible que se encuentre con una calle en la que los vecinos han acotado el espacio y lo han convertido en un bullicioso recinto para guisar y comer. Los valencianos tienen un calendario festivo tan lleno de referencias que aseguran que siempre hay algo que celebrar en alguna parte de la ciudad. En no menos de cien días del año hay alguna fiesta en la ciudad. Música, pólvora, ingenio y colorido configuran las fiestas valencianas, que se expresan por lo general a través de un evidente deseo de conquistar la calle. Extrovertidos, también ruidosos, los valencianos se expresan tal y como son en las fiestas, en las que además muestran una especial capacidad para la transformación, muchas veces de la mano de vestimentas abigarradas y coloristas. El valenciano suele afirmar que si es capaz de mostrar una intensa disposición para trabajar, la fiesta y el disfrute de la vida merecen una intensidad igual. 
Se toma la calle, se hace espacio de celebración y festejo y lo mejor es dejarse llevar y disfrutar del paisaje humano.  El viajero debe relajarse, unirse en la medida de lo posible a la invasión dominante. Sobre todo a las llamadas de los sentidos, a la atracción del colorido, a la cadencia de las músicas, a esa intensidad con la que los mediterráneos dicen, a través de todos sus gestos, que lo importante es sentir cómo la vida transcurre. La chispa y el ingenio de las gentes se dan la mano en las fiestas valencianas con los rituales y las tradiciones antiguas. Todas las fiestas suelen tener un origen ritual y están ligadas a tradiciones. Por otra parte, el forastero nunca será rechazado. Cuanto más intenso sea el contagio festivo callejero, más fácil será que el viajero sea invitado a participar en los festejos, desfilar y unirse sin protocolos a la celebración. 
La fiesta de las Fallas de Valencia se desarrolla entre el 1 y el 19 de marzo, aunque del 15 al 19 es cuando se da la intensidad festera final, cuando se plantan y exhiben los monumentos en las calles y se queman finalmente. Las fallas son construcciones de carácter satírico y festivo que nacen en torno a un guión crítico. Los “ninots”, muñecos, representan actitudes e impulsos humanos y muchas veces pueden satirizar a políticos y personajes célebres. Aunque en el Mediterráneo, desde tiempos romanos, se ha recibido la llegada de la primavera con fuegos y hogueras, la tradición valenciana tiene su origen en la quema de los artefactos de madera (parots) que durante el invierno sostenían candiles y luces en los talleres de los carpinteros. La fiesta religiosa va unida a San José, carpintero. En esas hogueras de primavera comenzó a hacerse burla de algún vecino del barrio poniendo figuras de bulto, intención y sátira que acabó dando la esencia de la fiesta. La falla con argumento coherente nació a mediados del siglo XIX y se extendió hasta que el Ayuntamiento y otras instituciones comenzaron a dar premios y ayudas a la creatividad, la gracia y la ironía.  La organización de la fiesta ocupa todo el año a casi 400 comisiones, que plantan en la calle monumentos de madera y cartón, corpóreos, modelados y pintados, de hasta treinta metros de altura y hasta un millón de euros de presupuesto. Se instalan fallas grandes y otras tantas fallas infantiles. Durante los días 17 y 18 de marzo, todos los organizadores de la fiesta, no menos de 50.000 personas, desfilan hasta la basílica de Nuestra Señora de los Desamparados para la Ofrenda de Flores, un festejo lleno de colorido y música donde las mujeres lucen ricos vestidos tradicionales de seda con costosos aderezos en el pelo.  Hay 400 calles de la ciudad cortadas y se prohíbe la circulación en automóvil por el centro. Cada noche hay fuegos artificiales en el viejo cauce del Turia. A las dos de la tarde, desde el día 1 de marzo, una marea humana se da cita frente al Ayuntamiento para escuchar la “mascletá”,  un ruidoso alarde pirotécnico en el que los valencianos encuentran intensidad, ritmo y musicalidad. Las fallas se queman todas en la medianoche del 19 al 20 de marzo. Solamente se hará excepción de un “ninot”, que se indulta por votación popular de entre los que se presentan previamente a una exposición en la que todas las fallas participan. www.fallasdevalencia.info 
LA SEMANA SANTA MARINERA La Semana Santa de Valencia es especialmente la de sus barrios marineros; el colorido y el ambiente de los pueblos pescadores se integra en esta fiesta,  donde la decoración floral  y la forma de vestir se convierte en parte esencial de la fiesta. Junto a las Cofradías participan “corporaciones armadas” de pretorianos, sayones, longinos y granaderos Se desarrolla en los barrios del Grao, el Cabañal, el Canyamelar y la Malvarrosa, junto a la playa. La Procesión de las Palmas, la del Santo Entierro y la Cabalgata de la Resurrección son los escenarios de la mayor intensidad. En estos festejos religiosos desfilan pasos procesionales de Mariano Benlliure, como el de la Verónica. Hay multitud de imágenes ricamente adornadas y escenas vivientes de la Pasión interpretadas por actores populares. La forma espontánea y humilde de entender la fiesta cobra su expresión en las vestimentas barrocas pero, sobre todo, en la alegría con que se celebra el triunfo del Resucitado el Sábado de Gloria: una Trencà de perols hace que se lancen pucheros de barro cargados de dulces y confetis, desde los balcones a la calle. 
VICENTE MÁRTIR Y VICENTE FERRER Valencia tiene dos santos patronos de nombre Vicente. El primero que se presenta en el calendario festivo (22 de enero) es un diácono martirizado en el año 303, en tiempos de Diocleciano, por no renegar de su fe cristiana. La ciudad le recuerda con solemnidad y acude al lugar de su encarcelamiento como una forma de rememorar las viejas raíces cristianas de la diócesis. Pero ese mismo día se recuerda el bautizo de otro Santo de la Edad Media, Vicente Ferrer, nacido en la ciudad, hijo de un notario y predicador por toda Europa.  Llegado el segundo lunes de Pascua será el tiempo de recordar a San Vicente Ferrer, el predicador dominico que intervino como mediador en la política y en el Cisma eclesiástico de su tiempo, el hombre tenido por juicioso que dirimió en el Compromiso de Caspe, que murió y está enterrado en Vannes, en la Bretaña francesa. En Valencia, la piedad popular recompone sus milagros a través de pequeñas obras teatrales que los niños representan, en lengua valenciana, ante retablos religiosos instalados en las calles y plazas del centro histórico de la ciudad.  
VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS Esta es la fiesta mariana de la ciudad y la fiesta de la primavera. Se celebra el segundo domingo de mayo y se basa en el fervor mariano de un pueblo que  hace de la Madre de Dios una advocación querida y doméstica. La Virgen se llama de los Desamparados porque era la imagen de una Cofradía medieval que amparaba locos, disminuidos físicos y mentales y se ocupaba de enterrar a los ajusticiados y abandonados. Desde la medianoche anterior, la Virgen es objeto de una intensa devoción: primero se le cantan albaes y se baila en la plaza una Dansà. Después, en la madrugada llegará la Misa de Descoberta. Mucha gente pasa la noche en vela, tomando lugar en la plaza, para la misa “dels Infants”, la de los niños, la de los coros infantiles, que es seguida del Traslado.  Es una especia de “Rapto mariano” que se efectúa bajo una lluvia de pétalos de flor, con piropos, lágrimas y jaculatorias, en medio de una multitud que quiere tocar el manto sagrado. Por la tarde, la imagen regresará desde la catedral a su capilla en el curso de la solemne procesión general. La intensa aglomeración de la mañana da paso aquí a una lluvia de pétalos de rosa: la Virgen viaja sobre una aromática alfombra por las calles antiguas: Cavallers, el Tossal, la Bolsería, el Mercat, San Fernando. 
EL CORPUS VALENCIANO La fiesta de la Eucaristía, la del Corpus Christi, se presenta en Valencia cargada de colorido, expresividad y barroquismo. Se trata de unos festejos que se celebran desde 1355 de forma casi continuada, en torno a los misterios de la Eucaristía. Las Rocas son viejos carros triunfales, cargados de esculturas donde esos misterios de la religión son representados. Con ceremonias antiguas son sacados de la Casa Museo donde se conservan y transportados hasta la plaza de la Virgen. La cabalgata del Convit, sirve para anunciar la fiesta a los vecinos. Y para participar sus simbolismos a través de personajes como “El Capellà de les Roques” o “La Moma”. Las influencias medievales están vivas a través de las danzas, los ritos y los personajes que los valencianos representan. Una gran cofradía de voluntarios hace posible una procesión de gran participación en la que más de un centenar de personajes bíblicos toman vida. Bajo una lluvia de flores, entre aromas de incienso, la Custodia eucarística cierra la procesión acompañada de las autoridades religiosas y civiles. 
FIESTAS DE VERANO Y OTOÑO El calendario reserva para el verano los festejos de la Feria de Julio. La famosa feria taurina de Sant Jaume se hace acompañar de una serie de certámenes musicales, deportivos y artísticos, de los que hay que destacar el Concurso de Bandas de Música y la preciosa Batalla de Flores, en la que participan numerosas carrozas que ocupan señoritas. El público y las tripulantes de las carrozas se cruzan millones de ramilletes de flor en la singular batalla. La última gran fiesta general del año es la del 9 de octubre, en la que Valencia recuerda la conquista por el monarca Jaime I, en 1238, su incorporación al mundo cristiano y el nacimiento del viejo Reino de Valencia. Es una fiesta que se ha convertido en la de la Comunitat Valenciana y en la que se da honor al rey fundador.  La bandera de la ciudad, la Senyera sale en procesión, cada 9 de octubre, y se descuelga por el balcón de la Casa Consistorial porque no puede inclinarse ante puerta alguna. Esta es por añadidura la fiesta en la que los novios valencianos regalan dulces a sus enamoradas. La tradición de Sant Dionis manda obsequiar un pañuelo lleno de dulces. Para la fiesta, los reposteros de la ciudad confeccionan miles de reproducciones de frutas y verduras de mazapán y otros dos tipos de mazapán –la piuleta i el tronaor– que recuerdan los cohetes que lanzaban los caballeros para celebrar la fiesta real. 
CASA  MUSEO JOSÉ BENLLIURE C/ Blanquerías, 23. 46003 Valencia.  Tel. 963 911 662 Reúne la colección de la familia de pintores y escultores Benlliure en lo que fue su casa familiar. Muebles, decoración original, recuerdos y reconstrucción de su estudio de trabajo. 
CASA MUSEO BLASCO IBÁÑEZ  C/ Isabel de Villena, 159. 46011 Valencia.  Tel. 963 525 478 La casa del escritor junto a la playa que fue su inspiración y su vivienda. Su estudio de trabajo con mobiliario, recuerdos de su vida y su obra, y múltiples ediciones de sus novelas. 
CASA MUSEO CONCHA PIQUER C/ Ruaya, 23. 46009 Valencia.  Tel. 963 485 658  La casa donde la gran cantante nació, en un barrio popular valenciano. Canciones, partituras, vestidos que usó la cantante, fotografías de la Piquer y sus famosos baúles de viaje. 
CASA MUSEO SEMANA SANTA MARINERA SALVADOR CAURÍN ALARCÓN C/ Rosario, 3. 46011 Valencia.  Tel. 963 525 478 Pasos y andas, estandartes y ropa de la Semana Santa Marinera, en un Museo que evoca una de las tradiciones más arraigadas entre los barrios valencianos de la orilla del mar. 
CENTRO DE ARTE CONTEMPORÁNEO. FUNDACIÓN CHIRIVELLA SORIANO C/ Valeriola, 13. 46001 Valencia.  Tel. 963 381 215 Una fundación privada, asentada en un palacio gótico del siglo XIV primorosamente restaurado. Colecciones de arte moderno en un marco inesperado y atractivo. 
IVAM. INSTITUTO VALENCIANO DE ARTE MODERNO CENTRO JULIO GONZÁLEZ C/ Guillén de Castro, 118. 46003 Valencia. Tel. 963 863 000 Las vanguardias del siglo XX y lo más interesante del panorama artístico contemporáneo. Fotografía, pintura y escultura. Ignacio Pinazo y Julio González como colecciones estables de un museo siempre dinámico e innovador. 
L’ALMOINA. CENTRO ARQUEOLÓGICO Pl. Décimo Junio Bruto (Cònsol Romà), s/n.  46001 Valencia.  Tel. 962 084 173 Desde la fundación de Valencia, el año 138 antes de Cristo, hasta el siglo XII, Valencia desfila de forma atractiva y didáctica ante los ojos del espectador. Vida común y terribles guerras, religiosidad y comercio, a través de las huellas que han pervivido. 
L'IBER-MUSEO DE LOS SOLDADITOS DE PLOMO.  C/ Caballeros, 22 (Casa-Palau de Malferit) 46001 Valencia. Tel. 963 918 675 Una interesante colección privada al servicio de la cultura. Un coleccionismo peculiar que reconstruye la historia de Valencia y de España con notables episodios y batallas de la historia universal.  
MUSEO DEL CORPUS CASA DE LAS ROCAS C/ Rocas, 3. 46003 Valencia.  Tel. 963 153 156 Los pesados carros triunfales de una de las procesiones del Corpus Christi más antiguas de España, expuestos y explicados de forma amena y didáctica. Hay piezas centenarias. 
MUSEO DE BELLAS ARTES DE VALENCIA. CENTRE DEL CARME C/ Museo, 2. 46003 Valencia.  Tel. 963 152 024 La zona del convento del Carmen que fue Escuela y Museo de Bellas Artes en el siglo XIX se transforma con atrayentes exposiciones de arte contemporáneo. 
MUSEO DE BELLAS ARTES DE VALENCIA - SAN PÍO V C/ San Pío V, 9. 46010 Valencia.  Tel. 963 870 300 Una gran colección pictórica procedente de iglesias y conventos valencianos, enriquecida con los fondos de la Real Academia de San Carlos. La segunda pinacoteca de España tras el Museo del Prado. Una rica colección de primitivos valencianos y generosas muestras de la gran escuela valenciana de finales del siglo XIX. 
MUSEO DE CIENCIAS NATURALES. C/ San Pío V (viveros municipales) s/n. 46010 Valencia. Tel. 962 084 313 La colección paleontológica Rodrigo Botet, presidida por el esqueleto de un animal antediluviano. Fósiles y una extraordinaria colección de conchas. La vida y el medio ambiente, discurso de un atractivo museo para jóvenes y niños.  
MUSEO DE HISTORIA DE LA MEDICINA Pl. Cisneros, 4. 46003 Valencia.  Tel. 963 926 229 Un palacio medieval, situado en el corazón de la ciudad histórica, ha sido adaptado por la Universitat para albergar las ricas colecciones que ha ido reuniendo la Facultad de Medicina de Valencia, famosa ya en el siglo XVI.  
MUSEO DE HISTORIA DE VALENCIA C/ Valencia, 42 (continuación del Pº de la Pechina, junto al Parque de Cabecera). Valencia.  Tel. 963 701 105 Situado en la impresionante sala de columnas de un antiguo depósito general de aguas de la ciudad, construido en ladrillo por Ildefonso Cerdá. Contiene reconstrucciones de la historia de Valencia y un “túnel del tiempo” que traslada a escenarios del pasado. 
MUSEO DE INFORMÁTICA Facultad de Informática (Camino de Vera, s/n) 46022 Valencia.  Tel. 963 877 200 Situado en la Facultad de Informática, reúne un centenar de piezas que presentan la evolución de los ordenadores y de la tecnología cibernética desde los años setenta. Junto a los equipos informáticos también se exhibe un diagrama del interior de estos aparatos.  
MUSEO DE LA CATEDRAL Pl. Almoina, s/n. 46003 Valencia.   Tel. 963 918 127 El Museo custodia una parte de las ricas colecciones de la Iglesia valenciana. Hay obras maestras de pintores de la tierra, desde Jacomart a Joan de Joanes, retablos antiguos, las estatuas originales de la Puerta de los Apóstoles y la gran Custodia del Corpus. 
MUSEO DE LA CIUDAD Pl. Arzobispo, 3. 46003 Valencia.  Tel. 963 525 478 Reúne las colecciones artísticas del Ayuntamiento de Valencia, escultura y pintura, desde el siglo XV hasta la actualidad. Hay también grabados, esculturas, medallas, monedas o vistas retrospectivas de la ciudad de Valencia. 
MUSEO DE LAS CIENCIAS PRÍNCIPE FELIPE Av. Profesor López Piñero, 7. 46013 Valencia. Tel. 902 100 031 Espacio de la Ciutat de les Arts i les Ciències dedicado a museo de las ciencias, con instalaciones interactivas pensadas sobre todo para niños y jóvenes. Es un moderno centro dedicado a la educación y a la divulgación de la ciencia y la técnica. 
MUSEU DE PREHISTÒRIA DE VALÈNCIA C/ Corona, 36. 46003 Valencia.  Tel. 963 883 565 Pieza fundamental del Centro Cultural La Beneficencia, el museo, que reúne las colecciones clásicas de la Diputación, nos ofrece un completo panorama de la arqueología valenciana, desde el Paleolítico Inferior hasta el periodo visigodo.  
MUSEO DEL ARROZ C/ Rosario, 3. 46011 Valencia.  Tel. 963 676 291 Una gran instalación industrial dedicada a la elaboración del arroz. Fue construida a principios del siglo XX; el Ayuntamiento la ha restaurado como museo con asistencia especializada de la Universidad Politécnica.  
MUSEO DEL COLEGIO DEL ARTE MAYOR DE LA SEDA C/ Hospital, 7. 46001 Valencia.  Tel. 963 511 951 Casa en la que se estableció en 1492 el gremio de sederos de Valencia, que tanta importancia tuvo en la historia de la ciudad. Recuerdos e historia del gremio, trabajos en seda y ejemplos de tecnología. 
MUSEO DEL GREMIO ARTISTAS FALLEROS Av. San José Artesano, 17 . 46025 Valencia.  Tel. 963 476 585 Instalaciones gremiales que incluyen su propia historia y ejemplos de todo el proceso tradicional de construcción de una falla. Reunión de artes y oficios al servicio de un peculiar monumento festivo. 
MUSEO DEL JUGUETE Camino de Vera, s/n (UPV). 46020 Valencia.  Tel. 963 877 030 Juguetes de todos los tiempos, con singular presencia de los humildes juguetes metálicos y los de origen artesano. Es otra de las interesantes colecciones técnicas de la Universidad Politécnica. 
MUSEO DEL PALACIO DE CERVELLÓ Pl. Tetuán, 3. 46003 Valencia.  Tel. 963 525 478 En la plaza de Tetuán, en un hermoso palacio del siglo XVIII, se halla el palacio de los condes de Cervelló, edificio que ha sido marco de acontecimientos históricos y estancia de personajes ilustres. Reconstrucción de estancias con suelos cerámicos y mobiliario de época. Reúne además, piezas históricas de gran valor del Archivo de la Ciudad. 
MUSEO DEL PATRIARCA C/ Nave, 1. 46002 Valencia. Tel. 963 514 176 Importantes colecciones de pinturas procedentes de los siglos XVI y XVII. Aunque hay algunas procedentes de donaciones, la mayor parte proceden de la propia institución, fundada por San Juan de Ribera. Notable archivo documental.  
MUSEO FALLERO C/ Monteolivete, s/n. 46006 Valencia.  Tel. 963 525 478 Reúne los “ninots indultats”, los grupos de figuras indultados del fuego por votación popular en la fiesta de las fallas, desde el año 1934 en que se inició la costumbre. Fotografías, recuerdos y otros muchos datos sobre la fiesta fallera. 
MUSEO HISTÓRICO MILITAR C/ General Gil Dolz, 8. 46010 Valencia.  Tel. 961 966 215 Colecciones de armas, uniformes y tácticas militares, en un recinto militar histórico. Reúne la historia de los regimientos ubicados en la ciudad y ayuda a reconstruir la historia de España. Interesantes colecciones de vehículos, carros de combate, artillería y otras máquinas auxiliares. 
MUSEO HISTÓRICO MUNICIPAL Pl. Ayuntamiento, 1. 46002 Valencia.  Tel. 963 525 478 Instalado en el propio edificio principal del Ayuntamiento, reúne los mejores recuerdos históricos de Valencia: desde la Senyera a las llaves musulmanas de la ciudad.  Recuerdos de Jaime I, Llibre dels Furs i del Consoltat de Mar, Penó de la Conquesta y otros muchos recuerdos de la ciudad medieval y sus gremios. 
MUSEO MARIANO DE VALENCIA  Basílica de los Desamparados Pl. de la Almoina. 46003 Valencia.  Tel. 663 390 900 
MUSEO MUNICIPAL DEL TRENET C/ Poeta Fernández Heredia. 46009 Valencia. Parque de Marxalenes. (Cocheras del S. XIX).  Tel. 963 525 478 Ubicado en el parque de Marxalenes, se ubica en una antigua instalación ferroviaria y presenta una instalación sobre la historia del Ferrocarril Metropolitano de la ciudad de Valencia y su área metropolitana. Nueve escenarios para un ferrocarril histórico. 
MUSEO NACIONAL DE CERÁMICA Y ARTES SUNTUARIAS GONZÁLEZ MARTÍ. PALACIO MARQUÉS DE DOS AGUAS C/Poeta Querol, 2. 46002 Valencia.  Tel. 963 516 392 El palacio del Marqués de Dos Aguas es producto de una radical reforma llevada a cabo sobre la antigua casa solariega de los Rabassa de Perellós. En la actualidad alberga una rica colección cerámica, que procede tanto de los fondos municipales allí depositados como de la colección de su fundador, Manuel González Martí.  
MUSEO TAURINO Pasaje del Doctor Serra, 10. 46004 Valencia.  Tel. 963 883 738 Fundado en 1929 con fondos procedentes del legado de un gran aficionado de principios de siglo, Luis Moróder Peiró, y de la colección privada del picador José Bayard "Badila". Durante estos 70 años se ha renovado y completado hasta llegar a ser uno de los de mayor importancia de España.  
MUSEU VALENCIÀ D'ETNOLOGIA C/ Corona, 36. 46003 Valencia.  Tel. 963 883 614 El Museu Valencià d´Etnologia está situado en el Centro Cultural La Beneficencia. Sus objetivos son la investigación y difusión en el campo de la Etnología y la Antropología. Tiene una interesante instalación estable sobre la vida y las costumbres y realiza numerosas exposiciones temporales.  
MUVIM.  MUSEU VALENCIÀ DE LA IL·LUSTRACIÓ I LA MODERNITAT C/ Guillén de Castro, 8 y C/ Quevedo, 10.  46001 Valencia.  Tel. 963 883 730 El Museu Valencià de l’Il·lustració i la Modernitat (MUVIM) está instalado en un moderno edificio y alberga un museo dedicado a un periodo decisivo de nuestra sociedad que arranca en el siglo XVIII. En salas complementarias se ofrece una sucesión de exposiciones temporales. 
Convento iglesia del Temple. (Delegación del Gobierno). *BIC Pl. del Temple, 2. Tel. 963 918 837 
Basílica de la Virgen de los Desamparados. *BIC Pl. de la Virgen, s/n. Tel. 963 918 611 www.basilicadesamparados.org 
Catedral de Valencia y El Miguelete. *BIC Pl. de la Reina, s/n. Tel. 963 918 127 www.catedraldevalencia.es  
Colegio del Patriarca. *BIC C/ Nave, 1. Tel. 963 514 176 
Convento del Carmen e Iglesia de la Santa Cruz. *BIC C/ Padre Huérfanos, 1. Tel. 963 910 437 
Convento de Santo Domingo. *BIC Pl. de Tetuán, 21. Tel. 961 963 000 
Iglesia de San Agustín  Pl. de San Agustín, 5. Tel. 963 526 870 
Iglesia de San Esteban. *BIC Pl. San Esteban, 5. Tel. 963 918 276 
Iglesia de San Juan de la Cruz. *BIC C/ Poeta Querol, 6. Tel. 963 524 157 
Iglesia de San Nicolás. *BIC Pl. San Nicolás, 8. Tel. 963 913 317 
Iglesia de Santa Catalina. *BIC Pl. Santa Catalina, s/n. Tel. 963 917 713 
Iglesia del Santísimo Cristo del Salvador  C/ Trinitarios, 1 
Iglesia de los Santos Juanes. *BIC Pl. del Mercado, s/n. Tel. 963 916 354 
Iglesia Parroquial de San Martín C/ San Martín, 2. Tel. 963 522 952 
Monasterio San Miguel de los Reyes. *BIC Av. Constitución, 284. Tel. 963 874 000 www.bv.gva.es  
San Juan del Hospital. *BIC C/ Trinquete de Caballeros, 5. Tel. 963 922 965 www.sanjuandelhospital.es 
Almudín. *BIC. Pl. San Luis Beltrán, 1. Tel. 962 084 521 
Atarazanas del Grao. *BIC Pl. Juan Antonio Benlliure, s/n. Tel. 962 084 299 
Ayuntamiento – Museo Histórico. *BIC Pl. Ayuntamiento, 1. Tel. 963 525 478 
Casa Natalicia de San Vicente Ferrer  C/ Pouet de Sant Vicent, 1. Tel. 963 528 481 
Cripta de la cárcel de San Vicente Pl. del Arzobispo, 1. Tel. 962 084 573 
Lonja de la Seda (Patrimonio de la Humanidad). *BIC Pl. del Mercado. Tel. 962 084 153. 
Mercado Central. Pl. del Mercado, 6. Tel. 963 829 101 www.mercadocentralvalencia.com 
Mercado de Colón. *BIC. C/ Jorge Juan, s/n. Tel. 963 371 101 www.mercadocolon.es 
Palacio de Benicarló (Cortes Valencianas) Pl. de San Lorenzo, 4. Tel. 963 525 478  www.cortsvalencianes.es 
Palacio del Conde de Cervelló (Archivo Municipal) Pl. de Tetuán, 5. Tel. 962 084 496 
Palacio de Correos y Telégrafos Pl. del Ayuntamiento, 24. Tel. 96 310 27 30 
Palacio de la Generalitat. *BIC C/ Caballeros, 2. Tel. 963 863 461 
Palacio del Marqués de Campo (Museo de la Ciudad) Pl. del Arzobispo, 1. Tel. 963 525 478 
Palacio del Marqués de Dos Aguas (Museo Nacional  de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí). *BIC  C/ Poeta Querol, 2. Tel. 963 516 392 http://mnceramica.mcu.es 
Palacio del Marqués de la Scala. *BIC (Diputación Provincial de Valencia).  Pl. de Manises, 3. Tel. 963 882 500. 
Palacio Municipal de la Exposición  C/ Galicia, 1. Tel. 963 525 478 
Plaza de Toros. *BIC. C/ Xátiva, 28. Tel. 963 519 315 www.plazadetorosdevalencia.com 
Torres de Quart. *BIC. C/ Guillén de Castro, 89.  Tel. 962 083 907. 
Torres de Serranos. *BIC. Pl. de los Fueros, s/n.  Tel. 963 919 070. 
Universitat de Valencia. *BIC. C/ La Nave, 2. Tel. 963 864 100 www.uv.es 
Filmoteca Ivac · Sala Juan Piqueras · La Filmoteca Pl. Ayuntamiento, 17. Tel. 963 539 300. www.ivac-lafilmoteca.es 
Carme Teatre C/ Gutemberg, 12. Tel. 963 924 271. www.carmeteatre.com 
Centre Teatral Escalante C/ Landerer, 5 · bajo. Tel. 963 912 442 www.escalantecentreteatral.com 
Sala Palmireno Av. Blasco Ibáñez, 28. Tel. 963 864 400. www.uv.es 
Teatre El Micalet C/ Maestre Palau, 3. Tel. 963 921 482. www.teatremicalet.org 
Teatro Círculo C/ Prudenci Alcón i Mateu, 3. Tel. 963 922 023. www.teatrocirculo.com 
Teatro de Marionetas La Estrell. Sala Cabañal C/ Ángeles, 33 Tel. 963 562 292. www.teatrolaestrella.com 
Teatro La Estrella. Sala la Petxina C/ Dr. Sanchis Bergón, 29. Tel. 963 562 292. www.teatrolaestrella.com 
Teatro El Musical del Cabanyal Pl. Rosari, 3. Tel. 960 800 140. www.teatre-elmusical.com 
Teatro L'Hora Baixa C/ Barón de San Petrillo, 34. Tel. 963 690 729. www.horabaixa.com 
Teatro Olympia C/ San Vicente Mártir, 44. Tel. 963 517 315.  www.teatro-olympia.com 
Teatro Principal C/ Barcas, 15. Tel.963 539 200. http://teatres.gva.es 
Teatro Rialto Pl. Ayuntamiento, 17. Tel. 963 539 300. http://teatres.gva.es 
Teatro Talia C/ Caballeros, 31. Tel. 963 912 920. http://teatres.gva.es 
Radio City C/ Santa Teresa, 19-2. Tel. 963 914 151. www.radiocityvalencia.com 
Sala Espacio Inestable C/ Aparici i Guijarro, 7. Tel. 963 919 550 / 665 388 000 www.espacioinestable.com 
Sala Matilde Salvador C/ Universidad, 2. Tel. 963 864 846. www.uv.es 
Teatre L'Horta C/ San Martín de Porres, 17. Tel. 963 759 643. www.lhortateatre.com 
La Glorieta C/ Palacio de Justicia y Porta de la Mar. Tel. 963 525 478 
Jardín Botánico. C/ Quart, 80. Tel. 963 156 800  www.jardibotanic.org  
Jardín de las Hespérides  C/ Beato Gaspar Bono. Tel. 963 525 478 
Jardín de Polifilo  C/ Camp del Turia, s/n. Tel. 963 525 478 
Jardines del Real – Viveros  C/ San Pío V, s/n. Tel. 963 525 478 
Jardines del Turia Tel. 963 525 478. www.culturia.org 
Palacete y jardines de Ayora C/ Santos Justo y Pastor, 98. Tel. 963 725 956 
Palacete y jardines de Monforte  Pl. de la Legión Española, s/n. Tel. 963 525 478 
Parque de Benicalap Av. Burjasot, 254 y C/ Francisco Morote Greus, s/n.  Tel. 963 472 960 
Parque de Cabecera  Antiguo Cauce del Turia. Tel. 963 525 478 
Parque de Marxalenes C/ San Pancracio y C/ Luis Crumiere. Tel. 963 525 478 
Parque del Oeste  Av. del Cid, 35 y C/ Enguera, s/n. Tel 963 525 478 
Parque de Orriols Arquitecto Tolsa/San Vicente Paul. Tel 963 257 881 
Parque de la Rambleta  C/ Pío IX, s/n. Tel. 963 525 478  
El Parterre  Pl. Alfonso el Magnánimo. Tel. 963 525 478 
Playa de Cabanyal-las Arenas De arena fina y dorada, es una playa de carácter urbano que dispone de todo tipo de servicios así como áreas deportivas y de juegos para niños. Playa Las Arenas y Malvarrosa A pocos minutos del centro de la ciudad, muy bien comunicadas a través de la red de autobuses urbanos, carril bici, metro y tranvía. Playa Pinedo y Playa El Saler Situadas en dirección sur, ambas playas ostentan el galardón europeo de la Bandera Azul por sus aguas claras y el perfecto estado de su arena. 
ZONAS DE OCIO Ciudad de las Artes y las Ciencias: L’Hemisfèric, Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, l’Oceanogràfic, Palau de les Arts Reina Sofia, l’Umbracle y l’Agora.  Av. Autovía del Saler, 7. Tel. 902 100 031 www.cac.es, www.lesarts.com Bioparc Valencia  Av. Pío Baroja, 3. Tel. 902 250 340. www.bioparcvalencia.es 
INSTALACIONES DEPORTIVAS Fundación Deportiva Municipal Pº de la Pechina, 42. Tel. 963 548 300 www.deportevalencia.com Estadio de Fútbol de Mestalla Av. Suecia, s/n. Tel. 902 011 919 www.valenciacf.es Campo de Golf El Saler Av. de los Pinares, 151. El Saler. Tel. 961 610 384 www.parador.es Circuito de Velocidad de la Comunitat Valenciana Ricardo Tormo Autovía A3 Valencia-Madrid, Salida 334. Cheste (Valencia). Tel. 902 012 899 Club Español de Tenis Carretera Burjassot-Torres Torres km. 4,6. Rocafort.  Tel. 961 310 000. www.cettenis.com Club de Tenis Valencia C/ Botánico Cabanilles, 7. Tel. 963  690 658 www.clubdetenisvalencia.es Estadio de Atletismo del Turia  (Pistas Deportivas del Tramo III del Turia) Av. Tirso de Molina, s/n. Tel. 963 485 000 www.deportevalencia.com Estadio de Fútbol Ciutat de Valencia C/ de San Vicente de Paúl, 44. Tel. 902 220 304 www.levanteud.com La Hípica de Valencia C/ Jaca, 23. Tel 963 615 363 www.lahipica.com Pabellón de la Font de Sant Lluis C/ Hermanos Maristas, 16. Tel. 963 737 661 www.deportevalencia.com  Palau Velódromo de Luis Puig  Av. Las Ferias, s/n. Tel. 963 902 640  Real Club Náutico de Valencia Camino Canal, 91. Tel. 963 679 011 www.rcnauticovalencia.com Marina Real Juan Carlos I Edificio Veles e Vents. Port America´s Cup.  Tel. 963 462 007/963 812 009. www.marinarealjuancarlosi.com 
IDIOMA Las dos lenguas oficiales son el castellano y el valenciano, esta última es la lengua propia de la Comunitat Valenciana. 
HORARIOS Las tiendas abren de 10.00 h. a 13.30 /14.00 h. por la mañana y de 16.30 /17.00 h. a 20.00 / 20.30 h. por la tarde. Los grandes almacenes y centros comerciales permanecen abiertos todo el día, entre las 10.00 h. y las 22.00 h. Existen, además, establecimientos que permanecen abiertos hasta la madrugada para comprar productos de primera necesidad y prensa. Los restaurantes suelen abrir entre las 13.00 y las 16.30 h. para comer, aunque la cocina puede cerrar más pronto. Y entre las 20.30 y la 00.30 h. para cenar. Los bares de copas permanecen abiertos hasta las 03.30 h. y las discotecas hasta alrededor de las 07.00 h. 
SERVICIOS POSTALES En Valencia existen 24 oficinas de correos distribuidas por cada uno de los barrios de la ciudad. La oficina central de Correos y Telégrafos tiene un horario continuado de 8.30 a 20.30 h. y los sábados de 9.30 a 13 h.  Está en la Pl. del Ayuntamiento, nº 24. Tel. 963 512 370. www.correos.es 
DÍAS FESTIVOS: En Valencia son festivos los días de fiesta nacional en España y las festividades locales. 1 de enero Año Nuevo.  6 de enero Reyes. 22 de enero San Vicente Mártir. 19 de marzo San José. Viernes Santo y lunes de Pascua. Segundo lunes después de Pascua, San Vicente Ferrer. 1 de mayo, fiesta del trabajo. Segundo domingo de mayo, la Virgen de los Desamparados. 15 de agosto, la Asunción de la Virgen. 9 de octubre, día de la Comunitat Valenciana. 12 de octubre, Fiesta de la Hispanidad. 1 de noviembre, día de Todos los Santos. 6 de diciembre, día de la Constitución Española. 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada. 25 de diciembre, Navidad. 
BANCOS Y TARJETAS DE CRÉDITO La mayoría de bancos abren por la mañana, entre las 08.30 y las 14.00 h. Las oficinas centrales de los principales bancos se concentran entre la plaza del Ayuntamiento y las calles Barcas y Pintor Sorolla. Por toda la ciudad hay disponibles cajeros automáticos con disponibilidad 24 horas y servicio internacional. La mayoría de hoteles, restaurantes y tiendas de Valencia aceptan las principales tarjetas de crédito como American Express, VISA, Mastercard, 4B, Access o Diners Club. 
PROPINAS No se consideran obligatorias. No obstante, suelen dejarse si el servicio recibido ha sido muy satisfactorio (especialmente en bares y restaurantes). 
WEB TURÍSTICAS www.comunitatvalenciana.com www.turisvalencia.es www.valenciaterraimar.org 
TELÉFONOS DE EMERGENCIAS Emergencias: 112 Policía Local: 092 Bomberos: 080 Policía Nacional: 091 Generalitat de la Comunitat Valenciana: (PROP) 012 Ayuntamiento de Valencia: 010 
Tourist Info Valencia - Paz C/ Paz, 48. Tel. 963 98 64 22 
Tourist Info - Plaza de la Reina Pl. de la Reina, 19. Tel. 963 15 39 31 
Tourist Info Valencia-Ayuntamiento Pl. del Ayuntamiento, s/n. Tel. 963 524 908 Frente al edificio de Correos 
Tourist Info AVE-Joaquín Sorolla C/ San Vicente Mártir, 171. Tel. 963 803 623 
Tourist Info - Aeropuerto de Manises Terminal Aeropuerto de Valencia. Tel. 961 53 02 29 
Tourist Info Valencia – Playa Pº de Neptuno, 2 (Frente Hotel Neptuno). Tel. 963 555 899 
Tourist Info Marina Real Juan Carlos I Muelle de la Aduana, s/n (Entre Edificio del Reloj y Tinglado 2). Tel. 961 207 745 
Tourist Info Valencia – Puerto Abierta únicamente durante escalas de cruceros- Estación de ACCIONA, Muelle de Poniente s/n. Tel. 963 674 606 
CONSULADOS: ALEMANIA. Av. Marqués de Sotelo, 3º- 6ª-13ª. Tel. 963 106 253 AUSTRIA. C/ Convento Santa Clara,10-2º-3ª . Tel. 963 522 212 BÉLGICA. Gran vía Ramón y Cajal, 33-1º-2ª . Tel. 963 802 909  DINAMARCA. C/ Eugenia Viñes, 101 1º-2ª . Tel. 963 332 922  EE.UU. C/ Dr. Romagosa, 1-2º pta J. Tel. 963 516 973  FINLANDIA. C/ Conde Salvatierra de Álava, 11-2º. Tel. 963 525 250 FRANCIA. C/ Cronista Carreres, 11-1º A. Tel. 963 510 359  HUNGRÍA. C/ Álvaro de Bazán, 3. Tel. 963 933 631  ISLANDIA. Pl. Porta de la Mar, 4-bajo . Tel. 963 517 275  ITALIA. C/ Quart, 14, bajo . Tel. 963 217 234  LITUANIA. C/ Julio Antonio, 3, 1º, 2ª . Tel. 963 816 291 MÉXICO. Pl. Cánovas del Castillo, 1, 2ª. tel. 963 214 354 MÓNACO. Av. María Cristina, 1-5ª . Tel. 963 514 795  NORUEGA. Av. del Puerto, 312, 2º, 5ª. Tel. 963 310 887 PAÍSES BAJOS. Músico Ginés, 16-3º. Tel. 963 553 551 POLONIA. Av. Cortes Valencianas, 35 -1º- pta 2.  Tel. 963 580 002  RUSIA. Av. Aragón, 4. Tel. 961 475 318. SUECIA. Pascual y Genís, 20, 5º. Tel. 963 940 375  
METEOROLOGÍA: En invierno, la temperatura media no suele bajar de los 8/9 grados y en verano, la máxima no suele superar los 33 grados centígrados. La humedad es elevada y los días de lluvia son escasos y se concentran en las primeras semanas de otoño, las últimas de invierno y las primeras de la primavera. Las lluvias, cuando se producen, pueden ser fuertes. Valencia tiene el privilegio de contar con aproximadamente 2.700 horas de sol al año. 
HOSPITALES: Hospital Clínico Universitario Av. Blasco Ibáñez, 17. Tel. 963 862 600  Hospital Arnau de Vilanova C/ La Marina Alta, s/n. Tel. 963 868 501 Hospital La Nueva Fe Bulevar Sur, s/n. Tel. 961 244 000 Hospital Universitario Doctor Peset Av. Gaspar Aguilar, 90. Tel. 961 622 300 Hospital Malvarrosa C/ Isabel de Villena, 2. Tel. 963 989 900 Hospital General Universitario Av. Tres Cruces, 2. Tel. 961 972 000 
CÓMO LLEGAR: AEROPUERTO DE VALENCIA Carretera Aeropuerto s/n. Manises. Tel. 902 404 704 www.aena.es TREN . RENFE, Estación del Norte: C/ Xàtiva, 24. Tel. 902 240 202. www.renfe.es . Estación Joaquín Sorolla C/ San Vicente Mártir, 171. Tel. 902 320 320. www.renfe.es RENFE, Estación del Cabanyal: Av. Blasco Ibáñez s/n. Tel. 902 240 202. www.renfe.es PUERTO DE VALENCIA:  Muelle de la Aduana, s/n. Tel. 963 939 500 www.valenciaport.com Acciona-Trasmediterránea Tel. 902 45 46 45. www.trasmediterranea.es Baleària Tel. 902 16 01 80. www.balearia.com 
AUTOBUSES Estación de autobuses de Valencia: Avda. Menéndez Pidal, 11. Tel. 963 466 266  EMT. Empresa Municipal de Transportes Pl. Correo Viejo, 5. Tel. 963 158 515. www.emtvalencia.es Metrobús Entidad Transporte metropolitano de Valencia Av. Enric Valor, 13. Tel. 961 923 292. www.avmm.es 
Valenbisi www.valenbisi.es Paseo Alameda, 2 . Tel. 902 006 598 
METRO Y TRANVÍA Tel. 900 46 10 46. www.metrovalencia.com 
TAXIS Valencia – Taxi: Tel. 963 740 202 Tele Taxi: Tel. 963 571 313 Radio Taxi: Tel. 963 703 333 Onda – Taxi: Tel. 963 475 252 Taxistar: Tel. 639 61 66 66 Taxi-Valencia: Tel. 960 077 705 
VALENCIA BUS TURÍSTIC Pl. de la Reina. Tel. 963 414 400 / 699 982 514. www.valenciabusturistic.com 
TOUR POR VALENCIA www.busturistico.com Tel. 961 500 120 Reservas: 647 810 818.  

